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“El mar en el cielo”

Las hojas de los árboles crujían mientras el viento las mecía con la brisa. Además de eso, sólo había silencio. Todo estaba tan silencioso que hasta podía escuchar mi propia respiración. El sol apenas comenzaba a encontrar su espacio en el vasto cielo y los ratos de luz se colaban entre los árboles, dejando en el camino espacios brillantes de polvo y color. El olor a tierra mojada se mezclaba con un especial aroma a eucalipto y la ausencia del ruido casi me permitía escuchar el viento.

Y de pronto agua. Al principio sólo escuchaba gotas cayendo lentamente del cielo. El agua cristalina humedecía el asfalto. Pero de pronto fue mas que eso. La lluvia comenzó a caer con más fuerza, empapando todo lo que encontraba en su camino. De un segundo a otro, el cielo se abrió y un océano turquesa con tonos verdes flotaba en el firmamento. El agua dejó de caer y el mar se quedó inmóvil, sin botar agua, desde arriba. Quieto, estático, permanente e infinito. La ciudad se reflejaba en el agua y la espuma de mar formaba figuras en forma de nubes. La arena de mar se acumulaba en la orilla, en el espacio; formando así parte de otra galaxia. Los granos de sal y arena formaron una sustancia heterogénea y cuando se unía un número suficiente de granos de arena y sal, se formaban en el agua las estrellas.

Todo esto tenía que ocurrir en un momento determinado. Un instante, más bien, de una mezcla del momento y el lugar perfecto. Por debajo de este mundo de esplendor, de espuma y de sal, de arena y de sol, el cielo acomodaba su inmueble en la tierra.

Las nubes de desplegaban por las calles, formando interrumpidos retazos de algodón y aire. En realidad parecían pinceladas de blanco y plateado en un fondo celeste que parecía no acabar. El fondo también estaba coloreado de tonos pastel: rosa, anaranjado, amarillo y púrpura. La luna parecía un faro que alumbraba todo el cielo a su paso. La ciudad se hundió entre nubes y olas.

Y allí estaba yo, en medio de dos mundos: uno de agua y otro de aire. Estando en medio era una diferencia casi imperceptible, y si uno se detiene a pensarlo, en realidad es así. Viendo el mar desde arriba y el cielo desde abajo hace más sentido. Diferente materia de un mismo componente infinito, azul y misterioso. A veces obscuro y a veces lleno de luz…

Tiempo y espacio, viento y luz, obscuridad y silencio. De pronto, en este mundo, los momentos se fusionan con la corriente del mar y la memoria se seca con agua de sal.

Y entonces… olvidé lo que pasó.

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