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New York, New York

Nueva York emerge resplandeciente, decorada con edificios impresionantemente altos, vitrinas lujosas, y gente apurada. Llegué aquí sin tenerlo planeado, un día después de recibir una complicada noticia. Aún así, algo muy fuerte me llamaba para conocer la ciudad, tal vez la magia que invocan esas dos palabras, o el latente romanticismo que tanto la caracteriza. Todos quieren conocer Nueva York. La cuidad de las películas, de los innumerables taxis amarillos, de las lujosas tiendas en 5th avenue, de Seinfeld, de Central Park, de los Yankees…

Pero Nueva York no es especial por eso. No es especial por su complejo sistema de Metro que tiene más de 108 años de existir; ni por el Empire State Building que cuenta con 1,576 escalones desde la planta baja hasta la 86, 73 elevadores y una producción de 100 toneladas de basura al mes; ni por el puente de Brooklyn que costó $15 millones de dólares construir… No le resto importancia a haber sido una de las 5 millones de personas que en promedio toman el metro diariamente; fue además de emocionante, significativo. Tampoco niego que estar a 86 pisos sobre el suelo me robó el aliento, contemplando la impresionante periferia de la ciudad; ni que la arquitectura de NY no me sorprendiera… Pero no son estos logros lo que hacen a la ciudad lo que es. Leí en alguna parte que Central Park tiene 8,698 bancos que unidos entre sí en línea medirían 11,265 metros;  y que el Staten Island Ferry, que une Manhattan y Staten Island, realiza a diario 104 viajes en los que traslada alrededor de 70.000 pasajeros. Podría seguir y la lista no acabaría; pero, de nuevo, la ciudad es especial por algo más grande que esto…

Mi abuelito Chumbo nos inculcó a todos un amor por el béisbol, y más que al deporte, a los Yankees. Crecí en medio de una familia que no se perdía un partido de la Serie Mundial… Mis tíos siempre fueron grandes apasionados, y luego lo heredarían mis primos, que se las ingeniaban para jugar en todas las reuniones familiares y que podían dejar olvidada la cabeza, pero nunca el guante de beis. Crecí viendo a mi primo practicar su bateo con tapitas de gaseosas en medio de la calle, me emocionaba verlos jugar, robarse bases, tirarse en medio del polvo para anotar una carrera… Ellos imitaban todo el esplendor del juego; tocaban la tierra con el bate antes que de el pitcher lanzara, se acomodaban la gorra, entrecerraban los ojos para tener una mejor visión de la pelota, y le transferían toda su pasión al batazo. Algunos atrevidos incluso imitaban el usual escupitajo (cosa que yo después aprendería y que por cierto mereció un fuerte jalón de orejas por parte de mi mamá)… Fueron buenos tiempos. Después del respectivo partido almorzábamos todos juntos en casa de mi abuelos y la música de fondo se quedó para siempre impregnada en mi memoria…

Lo que hace a Nueva York una ciudad tan especial no son los rascacielos, ni las luces que nunca se apagan, ni los parques y los inmensos puentes erigidos con elegancia y esplendor. Lo que hace a Nueva York una ciudad tan especial es su historia, su gente, sus raíces… Estando allá me disfruté observar a las personas en las filas del metro, elegantes señoras con vestidos veraniegos y gafas de sol, turistas en shorts y tenis con un mapa arrugado en la mano, niños paséandose de un lado a otro, jóvenes absortos con sus audífonos o libros…

Es cierto que la gente vive a prisa, y que Nueva York, como lo describe Mark Helprin en su obra Winter’s Tale, puede parecer que funciona como una máquina (una muy eficiente, sin embargo). Un amigo me dijo alguna vez que las ciudades de esta magnitud crean consecuentemente un ambiente de muchos hábitos y repetición; probablemente hábitos y repeticiones eficientes, pero al fin y al cabo, mucho de lo mismo suele crear un ambiente frívolo y calculado. Pero la ciudad también esconde rincones de poesía, de amor, de luz natural, de espontaneidad. Aunque las calles son un perfecto lío y el ruido de las bocinas de los carros es desesperante (los conductores parecen ignorar que bocinar implica tener una multa de $300), encontrar paz entre tanto bullicio tiene su mérito, y muchos la encuentran.

Me llama la atención como emergen los mercados, los vendedores, los artistas, aquí hay espacio para todos…

La gente es el corazón de este lugar. Basta con pararse por un minuto en la estación de metro y escuchar dos hermanos haciendo música con tambos de agua y un saxofón; una presentación digna de reconocimiento mundial que además de tocar las fibras más delicadas del corazón, arranca sonrisas  por docena. Vivir una aventura en Nueva York no tiene precio, especialmente si se comparte con personas especiales y los ojos bien abiertos: cada esquina y recoveco de la ciudad esconde un secreto.

Le guardo cariño a esta ciudad no sólo por lo que conocí, sino porque aunque nunca antes había estado aquí, me trae muchos recuerdos de mi familia. También se que desde el cielo, el abuelo sigue sin perderse una Serie Mundial (aunque ahora ve los juegos desde VIP).

Start spreading the news… I’m leaving today

I want to be a part of it, New York, New York…

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