Economía

La competencia de mi vida

El  paso rápido de la vida a veces tiende a distraerme. Tal vez sea porque cada vez que me entusiasmo con una idea, opto por entregarme completa a ella, dedicándole tiempo y esfuerzo. Me pasa con las cosas pequeñas y no digamos con las grandes. A veces me han dicho que no debería ser tan apasionada con mis ideas y mis sueños porque tiendo a dejar por un lado otras cosas que también son importantes. Creo que uno de mis grandes defectos es ser exageradamente competitiva. No es que siempre quiera ganar, pero no soy nada buena para perder. Mi papá he tenido una gran influencia en todo esto; desde pequeña me enseñó que en cada cosa que hiciera, tenía que intentar ser mejor. No la mejor;  simplemente mejor, pero eso conlleva hacer un esfuerzo permanente por exigirme más cada día. Me pasó con el deporte, que además de abrirme muchas puertas, forjó mi carácter. Cuando entré en la selección de voleibol recién había cumplido los doce años y entrenaba con jóvenes de 20. Tal vez desde entonces me apegué a ese hábito de exigirme mejorar; porque siempre tuve que ver para arriba y fijarme metas difíciles. Si era fácil, no tenía ningún sentido para mi. Las cosas que realmente valen la pena en esta vida no se consiguen por casualidad; se consiguen por esfuerzo.

Mi primer viaje con la selección fue un torneo NORCECA en Puerto Rico. Yo estaba impresionada, nuestro hotel quedaba frente a la playa, y desde mi cuarto tenía una vista sorprendente del mar turquesa y la arena blanca. Nuestro primer partido fue contra Estados Unidos, el equipo más fuerte. Yo no iba de titular, pero era de esperarse cuando quien ocupaba mi puesto me llevaba 4 años. Nunca había visto un equipo tan consolidado y fuerte como las estadounidenses. Tenían una sincronización perfecta, jugadas rápidas y sorpresivas, y una potencia impresionante. Pero aunque yo lo veía todo desde la banca, no estaba nerviosa. El partido iba terriblemente mal, así que al tiempo técnico, el entrenador pidió un cambio y para mi sorpresa, llamó a la cancha a la #14. Tuve que verme la camisola sorprendida sólo para asegurarme que no era un sueño: estaba a punto de entrar a jugar. Tal vez por ser la más pequeña, caí en la cuenta de que no tenía nada que perder. No es cuando uno pierde el miedo cuando hacas las cosas mejor. El miedo nos ayuda a hacerlas mejor, pero es aprender a manejarlo lo que nos da una ventaja. Esa vez aprendí a jugar con el corazón.

Los siguientes partidos no estuvieron más fáciles, pero logramos colarnos en el tercer lugar del torneo. No sólo me había sorprendido por los partidos y las jugadoras que duplicaban mi altura, me había sorprendido por Puerto Rico. El país. Sus playas, sus colores, su riqueza… La isla parecía un paraíso. Al regresar del viaje me llamaron de la Federación para convocarme al siguiente torneo que sería en una semana, esta vez la isla era otra: serían quince días jugando en el país cuna del voleibol: me iba para Cuba.

El contraste fue sorprendente. Pero tal vez yo no era lo suficientemente madura para comprender la realidad en Cuba, y aunque la isla era lo opuesto a Puerto Rico, no me enfoqué en ver la pobreza, aunque era casi inevitable. Jugamos contra todas las provincias del país,  en un gimnasio de lámina que se estaba desarmando, bajo un calor sorprendentemente insoportable, en un lugar olvidado en medio de Guantánamo. La Habana era otra historia, Varadero resurgía resplandeciente en medio de tanta pobreza y olvido, pero Guantánamo, Guantánamo parecía un lugar olvidado por el mundo. Nos enfrentamos contra jugadoras que años más adelante vi por televisión jugando en las Olimpiadas, pero en ese entonces apenas tenían tenis apropiados para hacer ejercicio, y muchas entrenaban con el único par de zapatillas que tenían.

Fue así como conocí a Lázaro Alzugaray. Ese recuerdo me ha permitido atesorar las mejores conversaciones que he tenido en mi vida; y han sido las mejores porque las he tenido en silencio. Conocí a Lázaro después de un partido contra Pinar del Río; de inmediato comenzamos una amistad que ha sobrepasado las barreras de cualquier distancia, tiempo o ideología. Espontáneamente, mi curiosidad me impulsó a preguntarle por su forma de vida bajo un régimen comunista que no ha cambiado con los años. Claro que estos temas no se pueden tocar en la isla sin tomar precauciones, pero Lázaro, cuya voz había sido silenciada desde que él recuerda, me contó en silencio su experiencia. Habló demasiado; tal vez porque nunca había materializado sus pensamientos en palabras antes, o tal vez porque tenía miedo. Pero al escucharlo reclamar apasionado que ansiaba una vida diferente, comprendí que la libertad que gozo puede ser la posesión más preciada que llegaré a tener. No poder decir lo que se cree o lo que se piensa y tener que vivir bajo las sombras de los secretos es un castigo que nadie merece. La limitada información que se adquiere del mundo obliga a muchos cubanos a inventar sus propias historias. Es más difícil aún cuando se piensa en las muchas personas que han salido de la isla, y que regresan para toparse con esa censurada realidad que abate sus sueños y esperanzas. El mundo de allá fuera, el mundo libre y soberano, es aquel en el que se puede hablar sin miedo ni censura y en el que se puede levantar la voz para expresar las inconformidades.

Después de una larga conversación, Lázaro me entregó un libro sin dejar de verme a los ojos. Bajé la mirada para leer el título: “Cien horas con Fidel”, de Ignacio Ramonet. –“Lee esto y comprende bajo qué realidad estoy viviendo” –me dijo sin verme. Al abandonar la isla tres días después, me sumergí ansiosa en el libro para conocer más del país que sin palabras, gritaba por libertad. En la página 100 del libro había una dedicatoria:

Este libro se lo dedico a una gran amiga, de un muchacho que conoció en Cuba. Di lo que tengas que decir. Te deseo mucha suerte. “El hombre ama la libertad, aunque no sepa que la ama, y anda empujado de ella y huyendo de donde no la hay”. José Martí

Debajo de la cita había una dirección escrita con tinta negra. Antes de abordar el autobús para el aeropuerto, prometí escribirle a la persona que me enseñó a atesorar mi libertad. Descubrí que la palabra competencia no tiene una connotación negativa. ¿Quién dijo que las diferencias son motivo de discordias? Las diferencias también nos pueden hacer mejores, porque representan un esfuerzo por escalar posiciones, por mejorar actitudes, por aspirar a más… La competitividad personal, como la competitividad en las empresas, es un incentivo para mejorar. En un país donde no existe un sistema de precios y posteriormente cálculo económico, donde no hay información y no hay competitividad, se espera que los resultados en el tiempo sean los mismos (eso nunca es bueno; el cambio, aunque implica riesgo, también puede ser el inicio de los grandes avances).

En Cuba pueden ser muy competitivos a nivel deportivo (aunque a través de los años el nivel ha decaído), pero no poseen la libertad para poder aspirar a más. Muchos años después de este viaje, conocí a muchos otros cubanos en torneos internacionales. Muchos de ellos, desertores. En Cuba comenzó la competencia de mi vida: descubrí a valorar mi libertad, y descubrí que aunque apegarme a ese ideal no es una tarea fácil, cada día quiero ser mejor en ello.

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