Economía

Supuestos y valores

De pequeños nos enseñan en qué creer. No nos enseñan de qué forma hacerlo, pero nos dan una idea general y abstracta de la creencia imperativa en nuestro sentir y conocer. Lo que yo aprendí hace muchos años (tal vez por convencionalismo, o tal vez por tradición) no fue motivo suficiente para escoger la trascendencia en mi vida. Han sido mis propias experiencias las que han salpicado con luz los caminos más evidentes (aunque no siempre los más fáciles). Creo que puedo decir con seguridad que siempre me ha movido una fe interior. Muchas de las cosas que no he podido explicar a lo largo de mi vida desembocan en Dios. Lo irónico es que no he sido testigo de su presencia por obras grandes y reconocidas, ni por milagros impresionantes y rayos de luz. He encontrado a Dios en las cosas más pequeñas, las que nadie más ve. Muchas de las decisiones que he tomado en mi vida se han visto recompensadas por eventos espontáneos, impredecibles, auténticos y precisos, que sólo pueden venir de Dios. También mis malas decisiones me han despertado por sorpresa en medio de la noche para hacerme ver que me he equivocado. He hallado el amor de Dios en la obscuridad, no sólo en la luz. Lo he visto en las sonrisas de los niños, en las oportunidades, en los suspiros. Lo he sentido en las fracciones de momentos en las que toda mi vida, por un segundo al menos, cobra sentido. Lo he vivido cuando entiendo. Cuando descubro. Cuando despierto.

No puedo conformarme con preocuparme con las cosas de este mundo. La vida está fundamentada en nuestra propia finitud, pero más allá de eso, buscamos trascendencia. No porque la vida sea efímera y pasajera, sino porque hay algo más de lo que se puede ver con los ojos y de lo que se puede sentir con los sentidos. Busco trascendencia porque hay mucho que no se puede explicar, y porque en esos eventos, gestos, oportunidades y motivos que no se pueden definir, hay bondad, y hay amor, y hay mucho de lo que le sobra a este mundo que algún día optó por dejar de creer.

Para intentar conocer lo que no podemos explicar, basta un poco de fe. Las interacciones de las personas, sus decisiones, sus emociones y sus ideas, se configuran con el tiempo, dando surgimiento a las cosas más bellas de esta existencia terrenal. Y esa configuración espontánea que suma nuestras distintas motivaciones, es lo que le da sentido a la vida, aún cuando cada individuo apunte a tener un sueño distinto, y cuando los de muchos otros se intercepten.

He escuchado a mucha gente defender que no existe compatibilidad entre la razón y la fe. Ante eso, Santo Tomás de Aquino distinguió distintos tipos de verdades:

  •  las que se alcanzan sólo por la razón
  • las que se alcanzan sólo por la fe
  • las que se pueden alcanzar por la fe y la razón

Aunque existen muchas verdades que se pueden definir solo por la razón (especialmente científicas y matemáticas), el verdadero motivo de la búsqueda de estas verdades puede recidir, en ciertos casos, en la explicación de fenómenos más complejos que una hipótesis científica o una operación matemática. A veces, el verdadero significado va más allá de lo que se puede explicar racionalmente, e involucra querer conocer más a fondo comportamientos impredescibles que constituyen al ser.

Por otro lado, el hombre no puede conocer exclusivamente con las fuerzas naturales todo lo relativo a Dios. Por lo tanto, basarse en una fe ciega para edificar y tomar como verdaderos ciertos absolutos, no siempre es útil.

Y en referencia al tercer punto, vale la pena resaltar que no hay incompatibilidad entre la fe y la razón. Si somos únicamente racionales, podemos equivocarnos porque está en la naturaleza de los seres humanos. Pero si optamos por creer lo que creemos únicamente por fe, también existe la posibilidad de estar creyendo en las cosas erróneas.

Tal como Tibor R. Machan define la virtud de la ‘generosidad’ en el libro que publicó con el mismo nombre, la fe es una virtud espontánea que surge como consecuencia del carácter, y no deliberadamente. Por supuesto, la fe por sí sola no es suficiente, como expresé anteriormente con el ejemplo de Aquino. Razón y fe están inevitable e inherentemente relacionadas porque mucho de lo que creemos por la razón, ha sido guiado por nuestra fe. Puede ser fe en nuestra misma convicción y necedad de descubrir, pero fe al final.

Renunciar a lo que se nos ha impuesto por tradición nos hace más creativos, y optar por creer en ideales que sobrepasan los convencionalismos del momento no es sólo cuestión de razonamiento y experiencia, también es cuestión de una contundente fe. Para Heidegger  (La crisis de la subjetividad), el sujeto tiene una sustancialidad con apertura a la posibilidad, y es esa posibilidad (de pensar, de elegir y de escoger) la precursora de los cambios contundentes (a nivel individual y posteriormente agregado).

Me gustaría concluir con la explicación con la que debí empezar: si tenemos la libertad de elegir en qué creer, vale la pena explorar las opciones y darnos cuenta que al final, lo que nos define no es exclusivamente lo que creemos, o lo que seguimos, sino lo que somos auténticamente. De ahí la importancia de buscar significados trascendentes a hechos particulares. Estoy convencida de que la vida es más de lo que presenciamos en el mundo, y si buscamos encontrar nuestras propias explicaciones y significados, agregamos un poco de valor a las ideas preestablecidas que reinan entre nosotros. David Boaz publicó en su artículo The Joys of Freedom:

Freedom gives meaning to our lives; indeed, it allows us to define our own meaning, to define what’s important to us.

Y para situarme en mi contexto preferido: la economía no sólo se basa en supuestos; se basa en valores. Por eso vale la pena detenernos de vez en cuando para evaluar si estamos siendo consistentes. Al final lo resumo todo con una frase de San Agustín (probablemente mi preferida -y eso que tengo muchas-) y que además de sacudirme cada vez que la leo, me da esperanza. Además me recuerda, una vez más, que las respuestas no necesariamente son más valiosas que las preguntas…

“Más vale encontrarte sin haber resuelto tus enigmas, que resolverlos y no encontrarte…” (San Agustín, Confesiones, Cap. VI)

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