Economía

Si los incentivos importan, ¿qué nos puede esperar?

Entender la importancia de los incentivos nos ayuda a comprender la naturaleza humana. El principio básico de recompensar a las personas cuando llevan a cabo un comportamiento deseable explica exactamente la importancia de los incentivos, y de hecho refleja que la definición es muy obvia; todo el tiempo lo hacemos sin pensarlo. Alguien podría objetar que no debería ser necesario que las personas sean recompensadas simplemente por hacer lo correcto. Virtuosamente hablando, no se debería esperar nada a cambio por llevar a cabo una acción deseable. Pero, ¿qué es lo realmente deseable?

Cada vez que hacemos algo bueno, necesariamente se reduce nuestra capacidad para hacer otra cosa buena. Esto es una consecuencia inevitable de la escasez y se refleja en el concepto de costo de oportunidad (The power of incentives). Siempre hay ventajas y desventajas, y continuamente se necesita información de muchas fuentes para conocer el mejor curso de acción. De ahí surge la importancia de los incentivos para comunicar esa información. Cualquier persona respondería favorablemente a algo que promete un beneficio personal sin incurrir en mayores costos; lo mismo aplica para el caso contrario. Esto refleja la forma en que el comportamiento humano está influenciado por los incentivos; motivos que guían y moldean el curso de una acción.

Siempre tuve preguntas concernientes a esto. Probablemente los incentivos puedan verse de forma más explícita en lugares que los refuerzan junto a un determinado conjunto de reglas que aún permite que tales motivaciones y estímulos surjan de forma espontánea. Tal vez siempre tuve la errónea idea de que los mercados, las instituciones, e incluso la economía de mercado creaban incentivos… El hecho es que los incentivos los generan los individuos con sus distintas, subjetivas e individuales concepciones y motivaciones personales. Los mercados y las interacciones entre individuos hacen posible que los incentivos comuniquen información para la cooperación social, pero todo esto emerge desde las pasiones individuales: la búsqueda de objetivos, valores y propósitos variados. Poniéndolo así también resulta muy obvio, pero muchas personas (incluyéndome a mí, en su momento), ven una pizca de egoísmo en todo esto. Seguir quimeras exclusivamente personales puede implicar dejar a un lado la inclusión de los propósitos de alguien más. ¿No se supone que estamos en este mundo para dar, donarnos, compartir, ayudar…?

En su libro “Wealth and Poverty”, George Gilder determina que los grandes inversionistas comienzan siendo altruistas. Respaldó su tesis diciendo que “los emprendedores tienen que colaborar y responder. No pueden estar simplemente preocupados por sus propios intereses y luego triunfar como capitalistas. Deben tener una respuesta creativa para las necesidades de los demás”. Sin embargo, y como contraparte, en su artículo “Is Entrepreneurship Altruistic?“, Don Watkins critica esta posición recalcando que Gilder está confundiendo dos conceptos diferentes: el altruismo y el interés personal. Y probablemente tiene razón. Los emprendedores buscan satisfacer las necesidades de los demás, pero no como un mero acto de ayuda, sino de interés personal. Al intentar buscar una ganancia en un acto empresarial, el emprendedor logra, a veces de forma no intencional, suplir esa necesidad ajena. Eso, sin embargo, no es una definición correcta de altruismo. Lo que sí es cierto es que la belleza de la economía es que demuestra el éxito de la Creación. Siguiendo fines particulares en un contexto de libre mercado, las personas intercambian y logran mejorar su estado actual. Todo esto con una pincelada principal de fondo: los incentivos. Señales, precios, instituciones… Sólo así se logra coordinar el mercado: conociendo, decodificando, e interpretando la información para elevarla al sentido más sublime de la palabra: conocimiento.

En una conferencia de FEE, Leonard Reed hizo referencia a este tema con un ejemplo muy real. Quizá en ninguna parte fue el poder de los incentivos y desincentivos más evidente que en la antigua Unión Soviética. En ese entonces, el  97 por ciento de las tierras agrícolas se cultivaban de forma”colectiva” y las utilidades le pertenecían al Estado. El 3 por ciento restante eran parcelas privadas, a cuyos propietarios se les permitió vender sus productos en un mercado relativamente libre. La productividad por hectárea en las parcelas privadas, la cual representó un tercio de toda la producción agrícola en el país, fue muchas veces mayor que la de la tierra cultivada colectivamente. Los trabajadores de las granjas colectivas no eran física o mentalmente inferiores a los que poseían parcelas privadas. De hecho, en muchos casos, eran las mismas personas! Lo que marcó una marcada disparidad entre la productividad de la tierra privada y la colectiva, fue la estructura de los incentivos.

En un contexto más cercano… Tomando en cuenta que los incentivos definen el comportamiento humano, resulta relevante preguntarse ¿cuáles son los incentivos que definen el comportamiento de los individuos en Guatemala? ¿Cuáles son los incentivos para los maestros de las escuelas públicas, para los doctores del IGSS, para los estudiantes, para los policías, para los emprendedores, para los deportistas, para los ciudadanos…? Cincelar nuestro futuro depende fuertemente de la estructura de incentivos que se maneja. Pero, ¿bajo qué incentivos actuamos nosotros?

Quizás lo editores de elPeriódico se hicieron la misma pregunta cuando decidieron ilustrar su portada de la siguiente forma:

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