Ficción, Literatura

Los recuerdos de un olvidado

Desde que puedo recordar, siempre intento impedir que la memoria me falle. Probablemente porque le tengo un especial afecto a los recuerdos, o tal vez simplemente porque me asusta la idea de olvidar. Con el tiempo he descubierto la forma en la que trabaja mi mente, y he logrado reconocer que aunque tengo recuerdos muy vívidos de algunos eventos y circunstancias, hay muchas historias borrosas y conversaciones inconclusas que desearía recordar mejor. Descubrí que a donde voy, voy con una pila de recuerdos. Aunque son mi carga más pesada, también son lo único que me mantiene atada a un pasado que me ha sacudido, me ha sorprendido, y me ha enseñado. Tengo un afán con guardar los recuerdos porque de alguna u otra forma, son los que me han formado; intento revivir conversaciones que me robaron suspiros, momentos que influyeron en mis decisiones, personas que dejaron huella. No necesariamente tienen que ser remembranzas positivas; pero casi siempre le reclamo a mi memoria por esos momentos que prefiero atesorar cerca, aunque ahora estén tan lejos…

Admito que desearía poder evocar tantas cosas con mayor facilidad porque usualmente tengo que hacerlo con mucho esfuerzo. Aunque puedo olvidar perfectamente la trama de una novela que leí hace varios años, podría recordar de forma transparente  el tono, los temas, y hasta los gestos de una conversación completa en un pasillo del colegio en mis años de secundaria. Guardo conmigo retazos de impresiones. No olvido la tarde de junio en la que llegué a la estación del metro en Atlanta y vi al cielo cuando por primera vez llegué a la ciudad. Recuerdo los altos edificios, los colores, la época del año, la persona que pasó rozando mi mochila mientras yo veía las nubes desprevenida… Como ese, recuerdo casi todo de mis viajes, quizás porque estoy consciente de que estoy en lugares a los que seguramente no voy a regresar. También le exijo más a mi memoria cuando conozco a personas que sé que no voy a volver a ver más… Y entonces mi memoria funciona como una cámara fotográfica, pero con la diferencia de que logro captar no solo los momentos, sino todo el esplendor de los instantes…

Considerando todo esto, siempre pensé que recordar era un arma muy poderosa y una herramienta definitivamente útil; hasta que leí a Borges… Funes el memorioso es uno de los cuentos cortos más populares del escritor argentino. En él, el personaje principal de la historia tiene un don especial: una memoria extraordinaria. Funes era un personaje olvidado y reconocido por “no darse con nadie” y Borges lo describe así:

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero…

La descripción me recordó a otro cuento corto de este autor, recopilado en su Libro de Arena. “El otro”, comienza con la siguiente frase:

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí…

Este pequeño cuento es otra proyección de un juego de recuerdos que quieren olvidarse, y de una memoria que ya confunde la realidad con la alusión. Existen contados casos de personas con memoria extraordinaria. Kim Peek, por ejemplo, recordaba el 98% de los 10,000 libros que había leído, leía dos páginas en ocho segundos (usaba cada ojo para leer una página distinta) y apenas tardaba una hora en memorizar un libro, reteniendo de un modo preciso e instantáneo la información. Su capacidad de almacenar información era virtualmente ilimitada.

Es contradictorio, a pesar de todo, que tener una sorprendente habilidad para recordar no es suficiente. Olvidar nos hace humanos, y aunque en ocasiones puede ser más difícil que recordar, puede llegar a ser inminentemente necesario…

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