Cristianismo, Filosofía

¿Estado de Espiritualidad o Espiritualidad versus Estado?

¿Qué es lo que determina que una acción sea moralmente buena? Quizá la importancia de responder a esta pregunta recae en que, en base a un juzgamiento preciso, las acciones de los individuos se pueden reducir a “correctas” o “incorrectas” con el fin de establecer qué es lo que debería hacerse o dejarse de hacer para vivir en armonía en la sociedad. Sin embargo, responder a esta interrogante puede representar un desafío si se toma en cuenta que muchas cosas son incompletas y ligadas a potencialidades. También existe la objeción de quienes piensan que lo que podría guiarnos por un “buen camino” es al mismo tiempo lo que nos limita. Platón dijo alguna vez “El mundo de las ideas incide el mundo físico; piensa bien y harás lo correcto”; pero, ¿de qué forma se “piensa bien” con el fin de hacer lo apropiado?

Con la intención de intentar responder a esta pregunta, en la primera parte de este ensayo expondré lo que es el “bien” y el vínculo que éste tiene con lo trascendental (o lo espiritual). Posteriormente expondré el contraargumento haciendo énfasis en el papel que las limitaciones juegan dentro de este marco y presentaré una réplica incluyendo al Estado como una alternativa para la búsqueda de la armonía.

 ¿Qué es el bien moral?

 Según el Diccionario de la Real Academia Española, el bien es “lo que en sí mismo tiene el complemento de la perfección, lo que es objeto de la voluntad y lo que es conforme al deber”. Si al realizar una acción se fomenta la expansión y totalidad de nuestro ser, ese acto debe ser considerado como “bueno”.  Usualmente, cuando estamos en búsqueda de una acción verdaderamente correcta, nos percatamos de que el acto deja de ser un simple objetivo específico y limitado. Hacer buenas obras implica compromiso, y esto es un claro ejemplo de una acción de tercer nivel. Tomando en cuenta que la búsqueda del bien es algo más sustancial, podría afirmarse que este tipo de acciones buscan la trascendencia. Según Grisez y Shaw, la bondad moral corresponde a un tipo de acción humana que no sólo realiza el potencial de una persona por medio de su acción libre, sino que lo realiza de forma que abre el camino a una más plena realización. Los seres humanos no somos individuos con exclusivos fines utilitaristas en busca de maximizar recursos; somos más que eso, estamos inherentemente adheridos a ciertas virtudes, como el amor, que implican ofrecer acciones completamente desinteresadas para alcanzar fines más grandes.

 El bien y la trascendencia:

Es preciso ser realistas: una persona no se esmera en hacer buenas obras con un propósito limitado en mente. Esa es precisamente la tesis de mi ensayo: ser partícipes del bien involucra buscar algo más grande, en especial cuando nuestras acciones son auténticas y completamente desinteresadas. La moral nos acerca a un fin supremo. Esta noción de un fin supremo está vinculada con la espiritualidad, que aunque es un término difícil de definir, hace referencia a una entidad no corpórea, al alma racional, a la virtud que alienta al cuerpo para obrar o al don sobrenatural que Dios concede a ciertos individuos (RAE, 2012). Stella Resnick, una reconocida doctora y psicóloga, define la espiritualidad como “una auténtica e innegable sensación de saber que formamos parte de algo bueno que es más grande que nosotros”. Nuestras vidas están marcadas por la búsqueda de algo trascendente y relevante; algo que vaya más allá de las limitaciones de tiempo y espacio, y que nos haga partícipes de un sentimiento de completa realización.

Nuestra libertad para elegir en qué creer (y decidir seguirlo) es una de las características propias de la espiritualidad. El bien moral se encuentra en la razón y en las acciones libres. “Allá donde haya una total falta de libertad no se puede decir correctamente que la acción sea moral o inmoral” (Grisez & Shaw, 1996). Es por eso que la espiritualidad, o nuestra búsqueda de algo más grande que nosotros, es el resultado de la búsqueda del bien, esto con la condición de que al realizar una acción como esta, estemos fomentando nuestro ser en totalidad. Ser seres espirituales nos desvincula en cierta parte del empirismo que reduce al individuo a un ser pragmático y materialista. “Pensar bien”, para hacer referencia a la cita de Platón, implica pensar en algo que nos haga posible ser más.

 Objeciones y Réplicas

 Hay quienes defienden que la espiritualidad, en vez de ser un medio para alcanzar un fin supremo, de hecho es una limitante. Argumentan que existen mandamientos, normas o incluso “leyes” que las religiones tienen como fundamento y que, hasta cierto punto, limitan la libertad de los individuos. La contraparte defiende que incluso otras instituciones, como el Estado, favorecen de mejor forma el florecimiento de las virtudes que conducen a la realización del bien. Aquí es importante comenzar por hacer una distinción relevante: religión no es lo mismo que espiritualidad. Es cierto que existen religiones con determinados preceptos a los que sus creyentes deben apegarse, pero aún cuando esos fueran considerados “limitaciones”, cada quien tiene la libertad de elegir en qué quiere creer. La espiritualidad, por su parte, es un término que a mi parecer es más individual. Refleja las creencias propias, y no necesariamente las de un grupo, y constituye la esencia de una convicción. Existen personas que no tienen una creencia específica y que se autodenominan ateos o nihilistas.  Muchos, al elegir no creer en un Ser Supremo, basan sus comportamientos y su definición de “lo que es bueno o correcto” en lo que dicta el Estado. Lo que es importante notar es que el Estado, a través de la Constitución Política, avala un conjunto de leyes que forman las normas o preceptos que deben cumplirse dentro de un país. En este marco no existe la opción de elegir no cumplir con la legislación, porque el resultado sería una penalización. Las leyes políticas a las que estamos sujetos los ciudadanos representan, sin duda, una limitante más grande que la que cualquier religión pueda proponer. Si bien es cierto que la religión (no la espiritualidad) puede limitar a ciertas personas en ciertas áreas, nadie es obligado a elegir en qué creer; más todos tenemos la obligación de cumplir con las leyes del país donde nacimos. Aunque estos estatutos estén dirigidos con el propósito de generar orden, muchos son análogos a lo que creemos, y por lo tanto, estamos sujetos a cumplir con algo que personalmente no avalamos. Tampoco hay que desvalorar por completo el papel del Estado, después de todo, como John Stuart-Mill dijo: “El valor de un Estado no es otra cosa que el valor de los individuos que lo componen”. Si las acciones de los individuos están enfocadas hacia fines supremos más trascendentes, seguramente el Estado funcionaría de una forma más racional, y estaría en menor escala a disposición de los intereses de pocos.

 Conclusiones:

 Luego de poner sobre la mesa dos opciones primordiales en términos de la búsqueda del “bien”, puede concluirse que la espiritualidad implica una decisión libre y supone la búsqueda de algo trascendental que nos transforme en mejores personas. El Estado, por su parte, está representado por la Constitución, la cual contiene leyes a las que estamos sujetos nos guste o no. Esto significa que de cierto mundo nos limita y reduce nuestra capacidad de elegir. Es importante notar que la bondad de una cosa tiene un fundamento en ella misma y no depende de la conciencia o cualquier otro factor. Buscar auténticamente una acción que nos permita ser más y mejores, constituye el fundamento de una buena acción. Reducirnos a realizar acciones del segundo nivel (objetivos específicos y limitados separados del propio acto), nos alejan de la autodeterminación que merece hacer algo trascendente. En mi opinión, el Estado sólo genera este tipo de acciones y encima de eso, nos limita; mientras que la espiritualidad de cierta forma nos libera. Después de todo, quizá Platón tenía razón: “al pensar bien, se hace lo correcto”; sin duda, los que luchan buscando el bien, en realidad ya lo han encontrado en su propia acción.

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