Filosofía, Vida

L’amour est remise

San Agustín de Hipona dijo alguna vez: “Ama y haz lo que quieras”. Quizás han sido pocos lo que han dicho mucho en reducidas palabras, pero estas últimas seis en particular reducen lo que otros autores han querido demostrar en largos capítulos, acalorados argumentos, o elaborados ensayos. Aunque la palabra “amor” según Deidre McCloskey en The Bourgeois Virtues puede involucrar una muy amplia y generalizada definición, sí creo decididamente que un amor auténtico es el que hace alusión a la frase de San Agustín: un amor tan puro y real, que puede ser la base de todo lo demás (o bien, de todo “lo que quieras”). Amar de esa forma implica que si callamos, callaremos con amor, si corregimos, corregiremos con amor, si perdonamos, perdonaremos con amor… Siguiendo esta línea de pensamiento, el amor deja de ser un motivo puramente egoísta y se convierte en una causa desinteresada, e incluso me atrevería a decir sistemática, que promueve la condescendencia y, consecuentemente, la perfección de la naturaleza humana. El amor no es una mera posesión ni un simple mecanismo de intercambio, sino más bien un conglomerado de virtudes trascendentes que engloban lo más sublime de la acción humana. Este famoso sustantivo tiene varias definiciones, pero probablemente sea más fácil entenderlo -en el contexto de McCloskey- empezando por el final: ¿cómo es una vida con la ausencia de amor?

Pero, ¿qué virtudes abarca la definición de amor? Corintios, capítulo 13 lo resume muy bien:

El amor no tiene envidia, no es jactancioso, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Nunca deja de ser… y permanecen la fe, la esperanza, y el amor, pero el mayor de ellos es el amor.

Será más fácil descomponer el versículo para encontrarle significado. Si el amor no tiene envidia, promueve la virtud de la templanza; ésta está relacionada con la moderación del carácter, de los placeres y de las pasiones.[1] “[El amor] no hace nada indebido”, por lo tanto es prudente; esto significa actuar con reflexión y precaución. “El amor no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad”. Esta línea describe cómo el amor busca la justicia, y en ese gozo de la verdad posteriormente descrito, se retrata un típico concepto de coraje, del valor para buscar y hacer lo correcto. La última línea menciona directamente las últimas dos virtudes contenidas dentro de una misma definición: la fe y la esperanza, mencionando finalmente la más importante: el amor. Si se cuentan las palabras en cursiva en este último párrafo, serán siete: las siete virtudes que McCloskey menciona en su obra The Bourgeois Virtues. ¿El amor es amor sin alguna de estas virtudes? En mi opinión personal, contrario a lo que dice la autora en la página 107 de su obra, la respuesta es que no. Sería casi como decir que el mar sigue siendo mar sin agua, o que la noche sigue siendo noche sin obscuridad.

De acuerdo al egoísmo psicológico descrito en el libro Ser Persona[2], “en el fondo, el hombre es incapaz de desear el bien de los demás por amor, y nunca lo busca excepto cuando prevé una recompensa”. Esta premisa no puede ser cierta si se toma en cuenta que de hecho existe una verdadera unión entre las personas, y que incluso la autorrealización es muchas veces compartida.  Podemos amarnos los unos a los otros si estamos comprometidos en la búsqueda conjunta de un bien y más aún si buscamos algo trascendente, algo “más grande que nosotros mismos”. Es así como al desear el bien común, cualquier individuo desea de corazón el bien para los demás sin esperar nada a cambio, y ese anhelo resulta en la realización propia. Las comunidades están conformadas por conjuntos de individuos que comparten compromisos, no por abstracciones del individuo de la sociedad, como lo explica la teoría organicista.[3]

Tal como lo describió McCloskey (pág. 105): “El amor en la luz de lo trascendente y lo divino traduce al que ama a un plano superior y permanente”. La búsqueda de algo trascendente, independiente de las comodidades materiales y la fortuna externa, y guiado por los principios de la virtud, es la esencia del amor “puro” (sheer love). El amor del que habla la autora en el Capítulo 6 Sweet Love vrs. Interest, recalca una forma desinteresada y particular de amar, desligada totalmente de la visión utilitarista y epicúrea que otros filósofos optaron por seguir en su momento. Aunque existan intenciones egoístas en cualquier plano de la vida, el amor y la caridad pueden existir como fines, y no como simples medios. Ya sea un sentimiento, una emoción, una idea, o un estado (como lo quieran llamar), el amor no es una función de utilidad calculable, medible, e interesada. Es algo más grande que eso; en la visión cristiana  es un amor pacífico y abstracto de entrega, y es en esa entrega cuando nos desprendemos de nuestros intereses personales y comenzamos a movernos por verdadero amor. Sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos y restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los benevolentes, constituye, en efecto, la perfección de la naturaleza humana. Después de todo, el amor es entrega.


 

[2] Grisez, G. y Shaw, R. (1996).

[3] Según Spencer , los organismos son las sumas de sus unidades, formando un todo, mientras que en las sociedades las unidades son libres. En los organismos la conciencia está en un solo sitio, en las sociedades la conciencia está en todos los individuos.  En los organismos las unidades están al servicio del beneficio del todo, en las sociedades el todo existe para el beneficio de los individuos.

[1] San Agustín, Confesiones

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