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Aurora

El mundo necesita un poco de magia. Necesita claves para recordarnos que nuestro paso por la vida es efímero, pero que lo que hagamos hará un eco especial en la eternidad. Aurora fue uno de esos recordatorios permanentes, de esos que se cruzan en el camino sin aviso y que llegan prodigiosamente a rellenar los corazones con vida y luz. Aurora no sólo era un alma auténtica y libre, era un espíritu convencido a vivir con todas las fuerzas y la mayor disposición. No conocía las excusas ni las tristezas; había adquirido la singular virtud de no considerar absolutamente nada como imposible. Su vestido de todas las mañanas era el mismo: una sonrisa genuina que irradiaba una paz perenne. Llevaba el cabello largo, trenzado con lazos de colores y solía reírse de las simplezas de la vida.

Conocí a Aurora en un momento de desesperanza. Llevaba años con una lesión en el hombro que no desaparecía con medicamentos, ni descansos, ni terapias. Cada doctor, convencido, me ofrecía un diagnóstico diferente, pero ninguno supo identificar el verdadero problema. El padre de Aurora, un hombre serio y trabajador, es un fisioterapista que comenzó a tratarme. Lo único que me garantizaría mejorar, como casi todo en la vida, era la constancia, así que un desesperado intento por ya no sentir más dolor me traía de vuelta a la pequeña salita de terapias en el segundo piso de una casa en el centro de la ciudad. Aurora tenía 9 años y acompañaba a su padre en las sesiones de terapia, con un afán tenaz por aprender. Había nacido con una cantidad de enfermedades degenerativas y caminaba con la única pierna que tenía, apoyada en un par de pequeñas muletas. Mientras yo hacía los ejercicios de fortalecimiento en la camilla de masajes, Aurora se deslizaba por debajo para verme por el hoyuelo de la cama y para contarme de su día en el colegio, de sus sueños, de sus colores preferidos, y de los números en inglés.

Su madre, una mujer fortalecida por las vueltas de la vida, recién se había graduado como fisioterapista y ayudaba a su esposo en la pequeña clínica que juntos habían comenzado. Ella y yo entablamos una especial amistad, pincelada con las historias de nuestras vidas, y sus respectivas luchas, alcances y sinsabores. Cuando Aurora no estaba en el cuarto, me hablaba de ella. Me contaba lo difícil que era llevarla todos los días a las 5 de la mañana al hospital para recibir las terapias que fortalecerían sus músculos y su cerebro. Tenían que esperar al menos dos horas bajo el frío de las madrugadas, mientras una larga fila de personas aguardaban impacientes por el servicio del hospital general.

Aurora no quería ser diferente a sus amigas en el colegio. Su profesora de educación física le había dicho que era mejor si durante ese período, se quedaba en el aula coloreando o leyendo algún libro. Pero ella esperaba inquieta a que llegara la hora de Deporte para sentir el aire correr mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por mantener un ritmo en la pista de atletismo. Lo hacía todo a pesar de sus discapacidades, sin notar ninguna aparente diferencia con sus demás compañeras, y le había hablado a su maestra para que la tratara exactamente igual que a las demás.

Cuando Aurora nació, los doctores dijeron que sólo lograría vivir un año. Pero el tiempo, que ella decidió combinar con una dosis de optimismo ilimitada, parecía hacerla más fuerte. Tocaba el violín de una forma sublime, desafiando la rectitud de las notas y convirtiendo su espontaneidad en melodías. Aurora sabía muy bien mi hora de llegada a las terapias, y no hubo un día que yo me fuera sin tener la dicha de conversar con ella. Nunca la vi triste ni cansada; y siempre, siempre tenía una historia colorida que inventar y una sonrisa que ofrecer.

Cada día de su vida era una nueva Aurora, un alba y un nuevo amanecer que brillaba contra todo pronóstico e iluminaba el mundo con su suave despertar. El 23 de noviembre, pasó algo insólito: en el mundo entero, no amaneció. Aurora se quedó dormida para siempre, dejando a su paso una fresca brisa de aire puro y transparente. Es difícil imaginar cómo se puede perder una vida tan joven y tan llena de ilusiones, alegrías y paz. Una vida caminante, que apenas empezaba su recorrido por este mundo alrevezado. Una vida que esparció felicidad, en su más pura expresión. Una vida que le agregaba al mundo un poco de magia.

Lo especial de tu partida, Aurora, es que dejaste una huella perenne en los que tuvimos la dicha de conocerte. Y ahora, cada vez que entro a la cancha y tengo la oportunidad de jugar luego de una recuperación de hombro que no fue solo resultado de la terapia física que recibí, sino de tu terapia de vida, sonrío y te recuerdo. Y entonces vuelvo a sonreír, porque sé, que desde el cielo, eso es precisamente lo que tú estás haciendo…

Gracias por seguir bañándome con tu luz.

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