Ficción, Literatura

Bahari y el marinero

Las olas del Pacífico llegaban a la superficie de forma imperceptible y sutil. Ante la inexistencia de un patrón de tiempo determinado que separara las corrientes marítimas en una sincronía perfecta,  las olas que navegan juntas hasta llegar a la orilla parecían llevar cada cual su propio ritmo. Algunas iban apuradas, llevando consigo borbotones de espuma blanca que brillaba con los rayos del sol. Otras parecían no tener prisa, desplazándose lentamente sin hacer mayor ruido ni alboroto. Lo que las hace especialmente atractivas no es sólo la espontaneidad de sus formas y tamaños, sino la combinación de sus colores. Las olas parecieran arrastrar los tintes más impresionantes desde las profundidades del mar; tonalidades que varían desde el verde, hasta el turquesa y el azul obscuro. 

Existe una leyenda que cuenta que las olas se formaron por el enamoramiento de un marinero. Estando sólo, en un buque pesquero en altamar, adquirió la costumbre de contar estrellas para pasar el tiempo en las largas noches en medio del océano. No sólo las contaba, pendiente de hallar claras constelaciones, sino que comenzó a inventar primero figuras, y luego historias escritas con tinta estelar. El cielo es tan claro cuando se aleja de la orilla del mundo, que las estrellas se reflejaban en el agua transparente del mar, y el marinero sólo tenía que ver hacia abajo pendiente, sumergido en un mundo de fantasía y de realismo mágico. 

Una noche, mientras contemplaba el mar, recostado boca abajo sobre la cubierta del pequeño bote, escuchó un leve chapoteo del agua transparente. Acostumbrado a los ruidos de los pequeños peces impacientes y sabiendo diferenciar cuáles eran los importantes y cuáles los pasajeros, decidió ignorar los sigilosos sonidos que seguramente vendrían de un par de pececillos juguetones. Pero pronto el ruido se hizo más penetrante, y el marinero, que imaginaba historias de sirenas encantadas y botes perdidos, olvidó por un momento lo que hacía para contemplar de cerca el vasto océano bajo sus ojos.

Fue entonces cuando una sirena, cubierta de la fosforescencia del mar, surgió lentamente a la superficie, susurrando al marinero que la siguiera. El hombre pescador, que ya se había acostumbrado a la soledad del Pacífico, tardó unos minutos en reaccionar, y escudriñando el momento mientras veía a todas partes para asegurarse que no era un sueño, tomó la mano de la sirena y se sumergió en el profundo y vasto océano, que lo esperaba con los brazos abiertos salpicado de estrellas y de historias sin terminar. 

La sirena, que llevaba por nombre Bahari, había estado atrapada por mucho tiempo, perdida en una corriente de agua cristalina que le impedía volver a casa. El marinero, hipnotizado por sus ojos verdes y su vestido de espuma de mar, prometió ayudarla a regresar, convencido de que si todo esto no era más que un sueño, al menos en sus sueños se podría enamorar.

Mesmerizado por la belleza de la sirena, el marinero la persiguió incansable, nadando por entre arrecifes de colores y sin desviar la mirada de su aureola celestial. El tiempo, inexistente en el fondo de un océano infinito, corría de prisa con la llegada de muchos soles y muchas lunas, y el pobre hombre enamorado había olvidado el resto de su vida por perseguir un sueño y por no querer despertar. 

Luego de varios días, Bahari desapareció entre cortinas de agua turquesa y estampados de cielos estrellados. El marinero, enamorado de la ilusión de perseguir y de encontrar, se sumió en una tristeza deplorable, y sus lágrimas saladas fueron los ingredientes que salaron el mar. Desde ese entonces, es un nadador empedernido, que busca entre los mundos marinos y el fondo de las arenas, a la sirena que le robó la vida, pero que le devolvió un motivo. Su búsqueda incansable de un lado a otro y su recorrido infinito por el Pacífico dieron inicio a la formación de las primeras olas del mar, que nacieron desapercibidas por la desesperación del marinero. 

Se dice que cuando las olas son más grandes, es porque el marinero está cerca de encontrar a su sirena, y entonces sus brazos envuelven el agua, buscando espacio para encontrarla entre pinceladas de azul, brillo de sol, y espuma de mar… 

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