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Con el alma al sol

Desde que puedo recordarlo, he pasado una gran parte de mi vida ocultando mi otra mitad. Tal vez no es por vergüenza o cobardía, sino por un profundo miedo a ser vulnerable. Me preocupaba pensar que mientras más supieran de mí los demás, sería más fácil para ellos descubrir mis defectos, mis miedos y mi versatilidad. Entonces comencé a escribir. No recuerdo el momento exacto, y estoy segura que se combinaron muchísimos elementos diferentes para que yo llegara a tomar en serio una pluma y un papel. Un poema mal escrito en la sección de niños del periódico dominical, libros sugestivos con páginas tapizadas de ritmo y aventuras, historias oportunas que logré escuchar del rumor del viento… todo para que un día, cuando mis pies todavía no alcanzaban el piso al sentarme en una silla, yo empezara a escribir.

Y entonces plasmé mi vida en un papel. Mis emociones, mis miedos y mis preguntas quedaron grabadas en hojas blancas con tinta azul, y guardadas en grandes cuadernos que conservo por el simple gusto de avivar el pasado. Comencé a hablar menos y a escribir más y a pasar mi tiempo libre apegada a un cuaderno que rebalsaba de letras y palabras azarosas. Con una pluma en la mano soñaba en grande, ilimitadamente. Y sólo cuando el pasar del tiempo lo requería, releía lo escrito para percatarme de que quería escribir aún más. Fue  entonces cuando empecé a ensamblar lo que a mi parecer, era mi propio repertorio de recuerdos. Ajenas a las miradas de desconocidos y familiares, las palabras que rondaban en mi cabeza la mayor parte del día parecían a salvo en ese pequeño libro sin llave ni candado. La esencia de mi ser, con todo y sus alegrías y desasosiegos, quedó inventariada con tinta imborrable.

Ahora comprendo porque nunca quise que alguien leyera. Hasta hace unos minutos estaba aferrada a esta equívoca teoría de que escribir (y que te lean) se traduce en dejar al aire libre, impotentemente, tu completa vulnerabilidad. La idea me parecía muy simple: las palabras revelan secretos y significados de acuerdo a la interpretación que el lector elija darle a las frases y oraciones. En otras palabras, la cualidad del ser queda totalmente expuesta, como las hojas bajo el sol, ante las miradas inquisitivas de quienes nunca se atrevieron a preguntar. Me parecía una faena arriesgada! Que alguien leyera lo que yo había escrito dejaría al descubierto lo que soy, lo que creo y lo que pienso, y sin duda alguna, más de alguna persona se llevaría una impresión desabrida. Por qué eso era importante es algo que hasta ahora logré entender. No era que yo tuviera secretos enigmáticos que cambiarían el rumbo de mi propia vida al ser develados por un par de ojos curiosos.  Tampoco que  yo fuera un alma trastornada llena de contradicciones y conductas infrecuentes. Yo simplemente era una vida curiosa, llena de dudas e inseguridades, con el único propósito de escribir para liberar. Esperaba que mis palabras traslucieran lo que yo consideraba verdad, como cuando la luz atraviesa los apolíneos vitrales, o cuando el cielo se despeja en perfecta armonía.

Si ahora veo hacia atrás, comprendo que tanto palabrerío se resume en cuatro palabras: me hacía falta coraje. (La palabra coraje se deriva de cor, que en latín significa corazón). Tener coraje es ser capaz de contar  la historia de quién soy con el corazón. Mi teoría de la vulnerabilidad no era más que un embuste envuelto en papel multicolor; ser vulnerable nos hace más creativos, más sinceros, y sobre todo, más auténticos.

Courage

Probablemente al final del día, las cosas que nunca dije y que sólo compartí con un pedazo de papel sí revelan una esencia fundamental sobre mí: revelan que soy humana, que me equivoco, que me enamoro muy pronto y que olvido muy lento. Que me asusta fracasar, pero que persevero, que doy rodeos decorados con palabras, con tal de no decir directamente lo que siento. Que creo en el destino mientras descarto las casualidades, que sueño mientras escribo aunque lo que escribo no sean verdades. Que soy frágil ante las miradas piadosas, y lenta con la espontaneidad; que soy terrible para decir “no”, aunque nunca pongo en juego mi integridad. Que soy sensible con los recuerdos, los llevo atados uno a uno al corazón, y que dudo, y decido creer, y no creo, y que vivo en un pisa y corre buscando tener la razón. Que tengo sueños para regalar, anhelos profundos que no se marchitan con el tiempo, que tengo una vida por destapar, porque la he llevado callada, callada como un breve cuento.

Pensar que lo que escribo termina siendo una transparencia que revela lo más humano que hay en mí me detuvo muchas veces, hasta que comprendí la importancia de tener coraje: coraje para ser imperfecta; coraje para renunciar a lo que creo que debería ser, para ser simplemente quien verdaderamente soy; y coraje para aceptar que lo que nos hace vulnerables, también corresponde con lo que nos hace bellos.

Y entonces, justo ahora en este preciso momento, abandonar las viejas teorías y someterlas a un escrutinio sin precedentes es la primera parte de mi búsqueda por coraje.

Me da un poco de miedo descubrir que eso implica tener la capacidad de tomar decisiones sin conocer todos los posibles resultados, y de tomar riesgos en vez de buscar que las imperfectas piezas de la vida cacen en un molde sin configuración predeterminada… Pero también he descubierto que por este enorme placer que siento al escribir, es un riesgo que vale la pena tomar…

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