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Día de campo

El campo no es un lugar para cualquiera. Cuando el sol apenas sale tras las montañas, los vaqueros ya tienen tres horas de haber despertado y recorren los potreros cubiertos de pasto y rocío, examinando cuidadosamente (con esa percepción que se trae en la sangre), las hebras de los pastizales, el peso del ganado, y la marca del clima sobre las siembras y la tierra. No sé quién habrá dicho alguna vez que este trabajo lo puede hacer cualquiera. Cuando los primeros rayos del sol anuncian la llegada del amanecer sin relojes ni agujas, la jornada de trabajo incluye  arrear el ganado, trabajarlo en los corrales, preparar la siembra y vigilar la productividad general de muchas hectáreas de tierra cubiertas por una permanente capa de sol y  calor.

Los trabajadores con más experiencia usualmente reúnen una cantidad admirable de años en el trabajo, porque conocer bien el campo no se logra a través de libros, ni tutoriales, sino a través de una interconectada intuición con la naturaleza y lo que la compone. El campo se logra conocer a través de una intimidad con las semillas, el olor a tierra mojada, la proximidad con las fibras más delicadas de la naturaleza, y una innegable proximidad con todo este complejo ecosistema pincelado con colores de tierra y mar.

El trabajo, además, requiere una plena costumbre a la más pura soledad que resulta de tener como hogar un campamento improvisado en medio de la nada, en tierras sin carreteras, ni comodidades, ni agua, ni luz. El trabajo de campo sólo se logra por los apasionados; los que creen en los frutos de la tierra a pesar de su impredictibilidad, movilidad y tiempo. Por eso siempre he pensado que los agricultores deben estar movidos por una irremediable y determinada fe. Ajenos al control de lo que determina la calidad de sus productos finales (la tierra, el clima, o cualquier otro fenómeno de la naturaleza), los finqueros se atienen a lo que pueden lograr a con sus propias manos, y a lo que, en cierta medida, no pueden ver con sus ojos.

Sólo con ver el cielo y oler la tierra pueden calcular si al día siguiente habrá o no una tormenta, y sólo con escuchar la corriente que lleva el río saben si es prudente adentrarse o no en las aguas infinitas de la selva. Trabajar en el campo, además de las exigencias físicas que presupone, también ofrece incentivos atractivos: la posibilidad de trabajar en increíble cercanía con la creación de Dios. Esto me recuerda al Eclesiástico, el único libro del Antiguo Testamento firmado por su autor, Jesús Ben Sira. Este libro es el ejemplo más completo de la literatura sapiencial judía, y luego de ser escirro en las primeras décadas del siglo II, se centra en temas universales que se describen como los fundamentos de la sabiduría.

El versículo 24 del capítulo 38 dice:

La sabiduría del escriba requiere tiempo y dedicación, el que está libre de quehaceres llegará a sabio. ¿Cómo se va a hacer sabio el que maneja el arado y se siento orgulloso de empuñar la vara? El que ocupa su tiempo en guiar bueyes y no habla más que de novillas. El que dedica todo su empeño en abrir surcos y se desvela engordando terneras…

El pasaje hace una descripción parecida de los obreros y artesanos, de los herreros y de los alfareros, y acaba concluyendo:

…No destacan por su cultura, ni por su discernimiento, ni figuran entre los autores de proverbios. Sin embargo, ellos sostienen la creación y su oración se centra en los asuntos de su oficio.

“Sostener la creación” es un bello enunciado que atribuye a los hombres de fe el equilibrio de los ecosistemas del mundo. Cualquiera podría fácilmente rebatir que no hay comparación entre el valor agregado que un agricultor adiciona a un producto y el valor que una industria genera a gran escala. Pero el impacto trascendental obtenible por los agricultores, artesanos y alfareros, aunque incapaz de cuantificarse, está alineado con la cercanía a lo abstracto, a lo permanente, y a lo inmaterial.

Sostener la creación implica ser los primeros en una cadena productiva que sostiene a una cuantiosa cantidad de individuos. También significa tener la dicha de trabajar, con las propias manos, la obra de arte que Dios ha plasmado sobre la tierra. Es casi como trabajar en conjunto con la creación de Dios desde sus raíces, y ser capaz de pincelar con colores cuidadosamente seleccionados, las texturas y relieves propias de un paraíso en la tierra.

El trabajo de campo es un bendecido sacrificio, porque aunque implique muchas renuncias a un mundo cambiante e intermitente, otorga la posibilidad de contemplar las bellezas más sencillas de la vida.

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