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Allegro con brio (Clarice Lispector)

Sí, pero no hay que olvidar que para escribir no-importa-qué mi material básico es la palabra. Así es que esta historia estará hecha de palabras que se agrupan en frases, y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de las palabras y las frases. Está claro que como todo escritor tengo la tentación de usar términos suculentos: conozco adjetivos esplendorosos, carnosos sustantivos y verbos tan esbeltos que atraviesan agudos el aire en vías de acción, ya que la palabra es acción, ¿están de acuerdo? Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia. Me limito humildemente —pero sin hacer ostentación de mi humildad, que ya no sería humildad—, me limito a contar las pobres aventuras de una chica en una ciudad hecha toda contra ella…

Clarice Lispector llegó a mi librera como una recomendación en un taller de escritura creativa. Me la presentaron como una autora que “no escribe de nada”, y contradictoriamente, la frase me atrapó para ir en búsqueda de sus obras a la biblioteca. ¿Cómo sería leer a alguien que escribe páginas de páginas llenas de absolutamente nada?

Lo cierto es que lo que menos encontré en el primer pequeño libro de Lispector fue vacío. La historia que toma lugar en La hora de la estrella es una historia cargada de significado. Una historia que amplifica el peso de las palabras y las descripciones, a falta de verbos cuantiosos que expresen los hechos. La autora no sólo logra ocultar al narrador detrás, delante y al lado del personaje principal, sino que envuelve la historia en distintos paños de colores, como los que va sacando un mago de un sombrero negro. Sorprendentemente, el lento avance de los hechos no me obligó a cerrar el libro de golpe; había algo de mágico detrás de una narrativa perenne que me sorprendía con reflexiones profundas y banalidades de enorme importancia.

El pequeño cuento no presenta al típico personaje que a pesar de sus contradicciones y problemas emerge triunfante contra los devenires de la vida. No es el típico cuento de la heroína oculta en un disfraz de mártir. Macabea, la protagonista, en un ser simple con un aire de un “no-sé-qué que pedía disculpas por ocupar un espacio”. La simpleza con la que percibe la vida (tal vez por ignorancia o tal vez por elección), convierte sus diálogos en pasajes de auto-descubrimiento. Vive con un velo en los ojos, ajena a las definiciones del mundo e inmune a las emociones efímeras. Además contempla con determinación la vida que tiene enfrente aunque no pueda, ni quiera, interpretarla.

El relato es la detallada descripción de una muchacha a quien se le intenta hacer justicia en un mundo que se ha empeñado por complicarle la existencia. No hay atajos ni historias paralelas. Lo que es, es: la miserable existencia de una mujer que, inconsciente de ello, se las ha arreglado para pensar que lleva una vida feliz. El mejor auto-conocimiento que Macabea tiene de sí misma lo ha adquirido de una vida menestera; de un cúmulo de experiencias opacas que no arrojan ninguna luz sobre la pregunta: “¿Quién soy yo?”. Quien se analiza está incompleto, resalta el narrador de la historia. Esto, por cierto, me recuerda al pensamiento de John Stuart Mill, quien dijo que sólo el hecho de preguntarse a uno mismo si se es feliz, demuestra que no se es. “Quien se analiza está incompleto…”

El relato es un juego de palabras que, a ritmo lento, va creando una armoniosa melodía. Macabea se ha vuelto indiferente ante lo fundamental: que la vida incomoda bastante y que el alma no cabe bien en el cuerpo. El narrador, que conoce casi tan bien a la protagonista como para amarla, cuenta:

Con esta historia me voy a sensibilizar, y bien sé que cada día es un día robado a la muerte. No soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos traspasados de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encaje, música de órgano transfigurada. Mal puedo pedir palabras a esa red vibrante y rica, mórbida y oscura, con el contrasonido del bajo continuo del dolor. Allegro con brio. Trataré de sacar oro del carbón. Sé que estoy retrasando la historia y que juego a la pelota sin pelota. ¿El hecho es un acto? Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta.

El libro que está construido sin palabras terminó por encantarme. No por la belleza narrativa y la creatividad de las palabras, sino por ser un relato despojado de toda pretensión. Imagino que es así como debe escribirse cuando se quieren describir ideas complejas que parecen simples; librándose de todo prejuicio y miedo para desnudar al alma.

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