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De las andanzas por la vida

Por Stefany Bolaños

Acababa de llover en la pequeña aldea de la costa. Adriana tenía siete años. Al ver que del cielo escurrían las últimas gotas de agua dulce, se apresuró a la pequeña marquesa de la habitación. Abrió una de las puertas del diminuto clóset. Sacó sus botas de hule rojas y se las puso sin antes ver cuál era la izquierda y cuál la derecha. Su vestido veraniego de estampado floral le llegaba arriba de la rodillas, y los tulipanes que bailaban en patrones a lo largo de la tela de la pequeña prenda combinaban a la perfección con las botitas rojas. Se recogío con un listón los rulos castaños de su cabello que brincaban de un lado a otro, como desafiando al viento, rebeldes. En ese intento fallido dejó afuera varios mechones traviesos, que se balanceaban impacientes sobre sus ojos verdes.

Salió corriendo por los pasillos de la casa de verano. Dio un brinco por la única escalera que comunicaba la casa con el vasto jardín y se detuvo un segundo a recuperar el aire, que se le había escapado desde que corrió por sus botas. Entonces las vio: las pequeñas pozas de agua dulce yacían serenas sobre los pastizales verdes. Dobló un poco sus pequeñas rodillas y extendió los brazos al aire para dar el salto que la aterrizaría en el charco. El agua salpicó por todas partes, volaron un par de mariposas amarillas, y los reflejos del sol formaron un pequeño arcoíris multicolor. Adriana no cabía de la felicidad. Luego de estar lo suficientemente mojada, se apresuró a buscar las pozas más grandes para poder sumergirse entera, chapoloteando como un pequeño pececito juguetón en medio del agua que aún conservaba su aspecto cristalino.

En esas andanzas estaba cuando decidió que las botas representaban mucho peso. Se dejó caer sobre el pasto, se las quitó de un tirón, y movió los deditos de los pies, como dándoles un respiro. Cuando encontró el charco más grande, agarró aviada, se sacudió un rizo de la frente, se levantó el borde del vestido y brincó con todas sus fuerzas. Sus pies llegaron a sentir las pequeñas hebras del pasto que bailaba de un lado a otro con el ritmo del agua. Los sumergió aún más, sintiendo el lodo entre sus pequeños dedos, y luego se tendió sobre el pasto seco, cansada de la gran faena de la mañana. Eso de ser salta-charcos no es una tarea fácil: requiere un mínimo de condición física, una especial destreza para sortear las pequeñas piedras, un particular desapego a la nitidez y el aburrimiento, y un despertar permanente de los sentidos. En una andanza por la vida como esa se captura la pureza del agua, el reflejo multicolor de la luz, la suavidad del pasto, y la sintonía de un ecosistema vivo que apenas se escabulle por debajo de los pies.

Seguramente Adriana aún no comprende todo esto. Pero lo vive desprendidamente, aferrándose a la belleza natural que suele olvidarse con el paso de los años.

Y de pronto un portazo. La madre de Adriana la llama furiosa, exigiéndole que entre de inmediato a la casa y que deje de mojarse. El pedazo de felicidad que se puede tomar en las palmas de las manos también se puede escurrir como la misma lluvia de invierno.

Imagen: Water Lilies (Claude Monet). 1916
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