500+, Literatura

Cuando nadie supo

Nadie sabía que esa sería la última vez que se podría ver el sol. Las primeras gotas de lluvia caían del cielo como cualquier tarde cualquiera. El viento fresco del invierno levantaba las hojas del suelo y las hacía bailar sin rumbo ni ritmo. Poco a poco, la cantidad de agua que caía despreocupada de las nubes comenzó a incrementarse. Los transeúntes aceleraban el paso en las banquetas, con la prisa de no acabar empapados. Casi nadie llevaba sombrilla y todos se cubrían con lo que llevaran en las manos: el periódico del día, un cartapacio forrado de lona, una bolsa de comida rápida o el tablero de un juego de ajedrez. Nadie nunca sospechó que ese día se detendría el tiempo.

La lluvia se consagró como una atleta profesional. Corría entre los muros tapizados de ladrillo. Nadaba en las pozas que se formaban en la tierra. Volaba junto al viento con ligereza y precisión, y brincaba incesante al rebotar con lo que encontrara a su paso. Nadie se dio cuenta que el cielo se cerró como se cierra una puerta de golpe: con un estruendo escandaloso que bloqueó el paso de la luz.

Un hombre que trabajaba como constructor guardaba sus herramientas a 500 metros sobre el suelo. Resbaló con una lija y su cuerpo quedó suspendido en el aire sobre una frágil tabla de madera apoyada sobre un pequeño balcón sin barandales. Mientras tanto, la dueña de una floristería cubría con un nylon las flores que yacían descubiertas bajo el impetuoso cielo. Algunas flores cerraron sus bulbos confundidas con la obscuridad del día. Los azafranes y los tulipanes se encogieron como dos pequeñas bolitas y el resto de flores perfumaban el vivero con sus esencias coloridas, mezcladas con olor a tierra mojada.

En el Estadio Nacional de Atletismo nadie nunca pensó que la lluvia empaparía el tartán hasta formar hoyos profundos que nunca serían reparados. Un obstinado atleta de salto largo que llevaba años sin mejorar su propia marca tomaba impulso para hacer el último salto de día bajo esa lluvia incesante que apenas lo dejaba ver. Él mismo no creyó que la velocidad del viento que acompañaba la lluvia sería uno de los determinantes para imponer un nuevo récord nacional en su disciplina, y ante la mirada atónita de los valientes que se habían quedado bajo la lluvia, el joven atleta hizo una faena inolvidable mientras se elevaba por el cielo como suspendido en el tiempo y el espacio.

La lluvia seguía haciendo de las suyas y se mezclaba en los puertos con el agua de mar. Un pequeño velero de colores se volcó en medio del océano mientras su único tripulante braceaba perdido entre las olas de espuma blanca, intentando distinguir entre el mismo cielo y el propio mar.

Del otro lado del mundo, en los continentes donde la gente aún dormía, la misma oleada de lluvia envolvía al mundo en una capa de agua dulce. Las casas de los rincones más pobres del mundo se inundaron en cuestión de segundos, y el ruido de la tormenta arrancó de un brinco a toda la gente de sus sueños.

En las calles empedradas de las ciudades coloniales el agua formó ríos por las calles y avenidas y los valerosos que salían en busca de ayuda lo hacían en balsas improvisadas, si no es que nadando. A nadie nunca se le ocurrió que la tormenta perenne hundiría cosas, casas y lugares: destrozaría todo lo que encontrara a su paso, y crearía barreras de agua que separarían familias, poblados, y ciudades.

Un niño lloraba sentado en la banqueta de una calle. Cuando levantó la vista se percató que las gotas de lluvia resbalaban por los rostros de todas las personas a su al rededor. Para él, lo único bueno de la tormenta era no poder distinguir cuáles de esas gotas eran lluvia, y cuáles eran llanto. Bajo este mismo cielo, todos podían ser cobardes y todos podían valientes.

Pero nadie sabía que esa sería la última vez que se podría ver el sol…

IMAGEN: PIcHOST
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