Economía, Vida

Derecho a Sobrevivir

Los guatemaltecos emigran a Estados Unidos en una incansable lucha por ejercer un derecho natural y moral que ninguna norma institucional debería sofocar: el derecho a la vida. Hastiados de la situación actual de un país cuyos gobernantes obstaculizan la opción de un progreso mínimo, los emigrantes salen en búsqueda de las condiciones mínimas que les permitan tener una vida mejor. Numerar las causas principales de este éxodo inhumano que bordea la posibilidad de morir en el camino, parecería una tarea fácil: hambre, desempleo, violencia, pobreza… Pero yo me arriesgaría a agregar que una de las motivaciones principales de los guatemaltecos que eligen cruzar la frontera, es un latente y profundo deseo por experimentar una vida que les permita dejar el pasado atrás; una vida que ofrezca oportunidades ilimitadas y que facilite las luchas cotidianas del día a día. Para quien lea esto, la siguiente frase parecerá un pensamiento automático: Estados Unidos ha sido sobre-valorado; pero para las personas que nunca han tenido nada que ganar, y siempre han tenido tan poco que perder, la posibilidad de soñar con un lugar mejor los arranca de sus precarias comodidades y ambiente familiar para emprender un camino que pinta escasas probabilidades de éxito.

Al pensar en el rol de las instituciones sólo puedo imaginar que una forma más eficiente de atacar el problema es a través de iniciativas privadas cuidadosamente canalizadas y constantemente medibles. Estos esfuerzos deberían ser capaces de abrir la fronteras de posibilidades de empleo y desarrollo en general. Actualmente existen instituciones informales que ya hacen esfuerzos meritorios para ayudar a los inmigrantes, pero la ayuda se ofrece a la mitad del camino, después de que ya se tomó la decisión de partir[1]. El rol de las instituciones debería ser previo al problema, comenzando por la apertura de las fronteras comerciales y la eliminación de las barreras a la competencia. Estas medidas promoverían mayor inversión y empleo, redirigiendo los incentivos y cambiando comportamientos generalizados, como el de tomar la decisión de viajar “ilegalmente”.

A la vez que escribo esto, se me hace inevitable pensar que todo suena a una solución muy simple para un problema de enorme magnitud. Cambiar el discurso actual y delegar el poder de las instituciones a un plano que se centre exclusivamente en respetar un marco legal, sería despojar a altos funcionarios de tareas que han considerado su deber, justificando así una alta intervención y una nula rendición de cuentas. Me preocupa no poder responder a preguntas básicas en torno a este debate tales como: “¿Qué instituciones deben proteger los derechos de los migrantes?” Para empezar, el problema es anterior a eso; el problema es que cada vez aumenta más y más el número de migrantes, manchando con tintes de diferentes colores sociales, culturales, económicos y morales, la vida misma de estas personas que deberían tener como mínimo, un derecho a sobrevivir. “¿Y los derechos de los menores?” Los derechos de los menores quedaron relegados a un segundo plano desde que el gobierno decide a quién le regala una bolsa segura o fertilizantes y a quién no; desde que el gobierno toma la batuta en pisotear las leyes y las reglas del juego; desde que los mismos ciudadanos dejamos de creer en nuestras propias instituciones; y desde que el discurso tradicional exige tener un estado benefactor que nos dé al extender las manos. 

Mi rol como parte de la sociedad civil ha sido por mucho tiempo un rol ausente (y no sólo no me siento orgullosa de decirlo, sino que además, me duele). Con plena conciencia del problema de la inmigración, no he tenido ningún papel activo en la lucha por defender los derechos mínimos de estas personas. De la misma forma, muchos han preferido simplemente ignorar que el problema existe. ¿Qué acciones inmediatas se pueden tomar para erradicar este problema? ¿Es válido hablar de una solución de largo plazo cuando tanta gente muere a diario en búsqueda de una vida mejor? ¿Cómo se tocan las fibras más delicadas de la compleja burocracia sobre la que está construido nuestro sistema para abogar por soluciones de amplio alcance? Aunque inicialmente escribí esto buscando encontrar respuestas, he terminado con todavía muchas más preguntas…

Los programas para impermeabilizar las fronteras, la ayuda “altruista” de otros gobiernos u organizaciones internacionales, y el uso de nuestros impuestos para programas de seguridad que vigilan las líneas que dividen los países son todas medidas inútiles. De lo contrario, ¿porqué el problema aún no se ha solucionado? Mientras Estados Unidos tenga incentivos más poderosos que los innumerables obstáculos que tratan de disuadir a la gente de ir, la inmigración seguirá siendo un problema.

La única certeza que tengo es que el rol del gobierno debería ser fortalecer las reglas del juego y exigir su cumplimiento, a la vez que se estimula el intercambio. Construyendo incentivos que hagan más atractivo vivir en un país es la única forma de impedir que la gente se vaya…

[1] Dos ejemplos claros son el de las comunidades que lanzan fruta a los inmigrantes que van en tren, y las congregaciones religiosas que ofrecen refugio y alimento.

*Recomendación personal: “La Jaula de Oro

**IMAGEN: AP Photo/Luis Soto) AP2014

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2 thoughts on “Derecho a Sobrevivir

  1. Pingback: La historia del Nunca Jamás: El “mojado” en la bestia y el pez en su burbuja | Hálito de Re-encuentro

  2. Pingback: …que la gente se vaya. | Manuel

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