Economía

De ideas e ideologías…

En los primeros dos libros de una serie de seis planificados, Deirdre McCloskey argumenta que un cambio en la retórica y en las ideas fue lo que propulsó el enorme crecimiento en los ingresos reales de las personas y en general en el crecimiento económico alcanzado luego de la Revolución Industrial. La autora resalta que explicaciones como la inversión, el comercio internacional o los derechos de propiedad por sí solos, son evidencias débiles para explicar el crecimiento económico histórico en los últimos siglos. Su tesis muestra que la retórica, junto a un nuevo clima de persuasión y un giro en la forma como se percibía la innovación y las ideas, fueron los pilares fundamentales de un cambio sustancial en el mundo como lo conocemos. En The Rethoric of Economics, McCloskey muestra cómo las metáforas, alegorías y otros recursos literarios tienen un impacto en la forma como se cuentan las historias económicas, políticas y sociales en la actualidad; y consecuentemente, en la forma como se interpretan y se perciben por la mayoría.

Lo anterior es especialmente relevante porque arroja luz sobre la importancia de la retórica y la forma en la que usamos las palabras para contar las historias que muchas veces definen cursos de acción. Bajo este contexto, la palabra “ideología” carga consigo distintas definiciones, y volcarse sobre una inadecuada podría tener consecuencias peligrosas. Según Alberto Benegas Lynch (1991), existen tres acepciones de la expresión ideología[1]. La primera se define como el estudio sobre el origen y la clasificación de las ideas. Es claro que bajo esta visión, todas las concepciones pasan a ser ideologías; incluso las más banales integraciones mentales que concibe el entendimiento. Por otro lado está la definición marxista, que define la ideología como una teoría que procede de una “falsa conciencia”. Esta interpretación se interesa en la protección de los intereses de un particular segmento de la población. Presupone por lo tanto la existencia de un sistema social perfecto superior a cualquier otro. Esto, por su puesto, es descartable desde sus bases: no existe tal cosa como un sistema social perfecto por el simple hecho que el conocimiento humano es limitado. Cualquier intento por elaborar un sistema que pretenda carecer de cualquier posibilidad de fallo, no es más que una pretensión constructivista que propone medidas concretas en vez de propuestas globales y sistémicas (1981).

Por último está la definición de ideología como un “conjunto de afirmaciones, teorías y metas que constituyen un programa socioeconómico” (Ibíd., 1991). Bajo esta visión, la ideología pasa a ser un esquema político cerrado donde se pretende establecer desde el poder “un conjunto de fines y metas a las que debe apuntar el ser humano”. Esto deja al margen la importancia de la información dispersa, y automáticamente constituye una definición de ingeniería social en la que un gobernante impone ciertos valores específicos hacia los gobernados. Bajo estas tres distintas acepciones, resulta muy claro afirmar que el liberalismo no constituye una ideología. Al menos no el liberalismo que posiciona la libertad como valor supremo, y que se despoja de todo dogma y absolutismo (2006). La virtud liberal por excelencia es la tolerancia.

Aunque existen distintas escuelas de pensamiento, es claro que en el campo económico el fin que todas buscan es el mismo: lograr el mayor bienestar material para la mayor cantidad de ciudadanos. Sin embargo, en el momento que una corriente de pensamiento considera su bagaje de ideas como superiores y excluyentes, la ideología pasa a definirse con cualquiera de las tres erradas acepciones que presenta Benegas Lynch, y se convierte en un mero programa gubernamental con políticas económicas cerradas y específicas que benefician a un particular segmento de la población. Es claro que el liberalismo no tiene cabida bajo este marco.

Por otro lado, según Mises (1949), todas las ideologías se separan unas de otras no por diferencias en las visiones del mundo u otros asuntos trascendentales, sino por problemas sobre los medios para alcanzar fines específicos. Los liberales piensan que los intereses de varias naciones armonizan no menos que los intereses de distintos grupos, clases o estratos de individuos de un mismo país. Ellos creen que la cooperación internacional pacífica es un medio más apropiado que el conflicto para obtener determinados fines (Ibíd., 1949). Esto es de especial importancia porque coloca el significado de la palabra “ideología” bajo un contexto completamente diferente: un contexto que incluye el pluralismo inherente en distintos grupos de personas, y que además no aboga por la imposición de determinadas ideas, sino por la libertad individual para elegir.

Bajo esta definición, que es muy poco frecuentada en la retórica actual, el liberalismo sí es una ideología, pero más como un esfuerzo antropológico, ético, filosófico y sistémico de desenmascarar los errores fundamentales de las teorías contradictorias[2], y de englobar el eclecticismo propio de una sociedad cambiante, imperfecta y hermenéuticamente compleja. El problema radica entonces, no en la definición del liberalismo y su separación con las demás corrientes de pensamiento, sino con la connotación que se le da a la palabra “ideología”. Si hubiera un cambio en la retórica que sumara al componente ideológico una carga pluralista, abierta, sistémica y, ¿porqué no? falible, la categorización del liberalismo no sería ningún problema. Además se eliminarían las imposiciones que los gobiernos presumen poder tener sobre los individuos en defensa de un proyecto ideológico específico. Así, las contradicciones y desacuerdos no atacarían a una ideología abstracta y lejana, sino a un concreto conglomerado de medios, para alcanzar determinados fines.

Ninguna ideología debería pretender imponer un sistema sobre otro. En el momento en que las libertades individuales se ven reducidas por la elección de un gobernante con mayor poder, surge una lucha que no se atribuye a meras razones ideológicas, sino a violaciones sistemáticas de los derechos naturales de cada individuo.

McCloskey revalorizó el poder que tienen las ideas en una sociedad, pero en el momento en que éstas pasan a conformarse como parte de determinada ideología, la apertura, innovación y constante cambio propio de estas ideas se pierde en alguna parte del camino, y pasa a constituir un panfleto hermético y dogmático. Tal vez sea entonces necesario cambiar la retórica de la palabra ideología y despojarla de todo carácter constructivista y racionalista, para que conforme una corriente de pensamiento abierta al diálogo; a un amplio amalgama de tintes, en vez de sólo blancos y negros; y a una pluralidad de opciones que se oponga a reducir asuntos complejos a un mero marco de  ingeniería social…


Notas:

[1] En La Acción Humana, Ludwig von Mises hace la distinción entre la ideología ascética y no ascética. Tanto su enfoque, como el que se utiliza en este ensayo, corresponde a la ideología de las ‘cosas terrenales’ y los cursos de la acción humana en un mundo de inminente cooperación social.
[2] Según Zanotti (1998), el sistema político de la primera república norteamericana fue un ejemplo de una absorción sistémica de una imperfección humana que partía de que el hombre tiende al abuso del poder, y por eso, lo limitaba con un sistema constitucional. De ahí que los “sistemas” están para absorber y evitar imperfecciones.

Referencias:
McCloskey, D. (1998). The Rethoric of Economics. University of Wisconsin Press.
Mises, L. (1949). Human Action: A Treatise on Economics. Liberty Fund Inc.
Benegas Lynch, A. (1991). El liberalismo como anti-ideología. CEES. Año 33, No. 728
Popper, K. (1981). La tolerancia y responsabilidad intelectual. Ponencia en la Universidad de Tubinga.
Vargas Llosa, M. (2006). ¿Qué es ser un liberal? Revista Magasinet.
Zanotti, G. (1998). El analogante de las ciencias. En: Derecho y Opinión (6), 1998, pp. 683-697
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