Pensamientos al aire

Identidad transparente

Se necesita de mucho coraje lograr ser uno mismo en un mundo que constantemente nos exige lo contrario. No sólo se trata de derribar muros y encontrarnos con la esencia más profunda de nuestro propio ser; se trata de aceptar esa esencia, valorarla y hacerla trascendente.

Tengo que decirlo. Los últimos meses había estado sumergida en esa permanente incomodidad de no saber. Durante mucho tiempo fui definida por las cosas que hacía y las cosas que lograba, y mi identidad estuvo ligada a esos reconocimientos externos que poco tenían que ver con mi autenticidad. Aprendí a llevar la vida con las sonrisas que me proporcionaban mis logros; esos logros terrenales, que le ganan a uno reconocimientos. ¿Y mis fracasos? Esos los escondía debajo de la alfombra, esperando que no llegara el día en que tuviera que desempolvar. ¿Que si era feliz? Yo pienso que sí. Después de todo, estaba haciendo lo que más me apasionaba, y a cambio, obtenía un reconocimiento silencioso*. Pero la confianza sólo era una compañía intermitente…

*Los reconocimientos silenciosos son una herramienta útil en su practicidad, pero completamente desaventajada en ejecución. Útil porque me daban una seguridad momentánea. Probablemente algunas de mis luchas más grandes se reducen a campañas osadas contra la más anticuada ignorancia de no saber quién soy. Desventajada precisamente por su fugacidad; estaba reduciendo mi esencia de vida a simples momentos efímeros (y no permanentes).

Y entonces el no saber comenzó  a volverse una carga pesada. Esas campañas aventurezcas en búsqueda de lo que hay en mi interior, se volvieron más bien recorridos afanosos, plagados con laberintos y trampas ilusorias. ¿Cómo saber lo que uno realmente es? La pregunta parece fácil. Si viviéramos todo el tiempo con la certeza de lo que somos y hacemos, y si nada ni nadie pudieran quitarnos la pureza de ser auténticos, ¿cuál sería el miedo? Seríamos todo el tiempo un reflejo de nuestros más puros deseos, miedos, logros, fracasos e inseguridades. Pero no siempre es así. Yo nunca quise reflejar las partes más empolvadas de mi esencia, no porque fueran malas, sino porque no se alineaban con lo que se esperaba de mí (yo sé, yo sé, no sé cómo pude caer en ese juego por tantos años). Aprendí, entonces, a revelarme parcialmente. Lo cual resultó muy peligroso, por cierto, porque en el camino, comencé a olvidar quién realmente soy.

Por suerte la vida tiene sus misterios y el destino haces sus jugadas. Y Dios, por sobre todo, nos da la libertad de formarnos y de descubrirnos. Yo pensaba que esta era un propósito con fecha de vencimiento, y que si no descubría mis propias pautas para ser genuina, la vida me pasaría encima y yo seguiría siendo un reflejo de luz a medias. Pero no sólo el proceso de descubrirnos es una faena permanente que no empieza ni acaba nunca; sino que el simple hecho de esforzarme demasiado por descubrir mi autenticidad, representaba una paradoja. Es cierto, en la vida es importante hacer planes. Pero no se puede escribir en un papel lo que va a fundamentar nuestra esencia, porque eso automáticamente sería cambiarla.

Y bueno, ¿qué herramientas me han ayudado en este paradójico recorrido de auto-descubrimiento?

1. Rodearse de gente que cree en sí misma

Parece muy obvio, pero a veces es difícil distinguir a alguien seguro de sí mismo, de alguien que se las ha ingeniado muy bien para construir una fachada (esto último se escuchó horrible, pero no es necesariamente malo; de hecho es un mecanismo de defensa muy común contra esos síntomas de no saber quien se es, o bueno, algo un poco peor: de no-quererlo-saber). La gente segura de sí misma irradia autenticidad a borbotones. Suele ser la gente que no tiene miedo a equivocarse ni a hacer el ridículo. Además, son completamente cambiantes, y ¡está bien! Después de todo no somos seres lineales, sino más bien organismos circulares, que triunfan, caen, se equivocan y vuelven a empezar…

2. No pensar las cosas dos veces

Supongo que para este numeral aplican restricciones; pero en general, las cosas que pensamos a la primera suelen determinar en buena parte qué es lo que realmente queremos. Cuando dejé de pensar tanto las cosas, descubrí con mayor facilidad cuáles eran mis “sí’s” definitivos,  y cuáles los “no’s”. Además, hay algo de exquisito en la incertidumbre (yo me lo estaba perdiendo).

3. Respirar, hacer, respirar

 Una de las primeras cosas que hice en este recorrido en “búsqueda de mí” fue leer uno de mis poemas enfrente de un grupo de completos semi-desconocidos en un Festival (de ahí la imágen de arriba). Créanlo o no, el timing a veces funciona (¡gracias Valerie!) ¿Cómo tomé la decisión de hacerlo? Volver al paso 2. ¿Cómo lo hice? Respirando, leyéndolo, y respirando. No estoy segura si el resultado fue horrible, o si salió más o menos bien, pero al menos sé una cosa: hacerlo me hizo feliz. Unas semanas antes no me habría imaginado nunca que me pararía en un escenario a leer algo tan enraizado a lo que yo misma soy: sin puntos ni comas; sólo yo en su máxima esencia. Pero lo hice. (Y no me arrepiento!)

4. Ser

Sólo ser. Abandonarse a esa deliciosa incertidumbre de no tener todas las respuestas, y de no sentirse mal al respecto. Al final del día somos eso: seres en una búsqueda constante de esencias y de momentos…

Es curioso cómo funciona la vida. Más adelante, esa misma noche y en el mismo lugar donde leí mi poema, me encontré a un amigo que no veía desde que me gradué de secundaria (el primero en la foto). Y después de hablar un rato me preguntó una sóla cosa: “¿Has cambiado desde que nos vimos la última vez?” No estoy segura porqué lo preguntó, ni cómo llegamos a hablar de eso (de hecho creo que no hubo ningún preámbulo a la pregunta), pero el punto es que lo hizo. Y el punto es que sólo por el hecho de estar ahí, parada entre toda esa gente, segundos después de leer un poema que había guardado junto a 98 más que nadie nunca había leído, sólo por ese pequeño acto de coraje, le pude responder que sí.

Y al final, la vida tal vez sea eso: perseguir esos momentos que nos cambian. Esos momentos que nos moldean (o más bien que nos sacan del molde), esos momentos que nos inspiran, esos momentos que nos ilusionan. Y a medida que lo hacemos, algo en nosotros va cambiando. O tal vez no es que algo cambie… Tal vez es que cada vez que perseguimos estos momentos, develamos poco a poco (y casi sin darnos cuenta), la verdadera esencia de nuestro ser…

**Esta foto es significativa, entre otras cosas, porque estoy con el tipo de personas que describo en el punto 1: Sebas (que me hizo la pregunta de la noche), Valerie (a quien le debo este post!), Isa (que nunca ha sido otra cosa más que auténtica), y yo.

Aquí estoy con el tipo de personas que describo en el punto 1. (Valerie, quien me convenció a leer mi poema, es la segunda!)

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