500+

El día que las letras desaparecieron*

Era un martes de mayo cuando las primeras letras desaparecieron. Yo leía en la mecedora del pórtico, ajena a la realidad que me rodeaba y absorta en las palabras de mi libro. Las palabras parecían cobrar vida en mi imaginación a medida que avanzaba de página. Corrían traviesas entre las líneas de los párrafos, brincoloteando ansiosas por salir al mundo. Y de pronto sucedió la tragedia.  Como gotas de lluvia que desvanecen todo a su paso, las palabras comenzaron a desaparecer una por una. Cerré mis ojos con fuerza y volví a abrirlos para comprobar que todo esto no era producto de mi creatividad infantil. Las letras del libro no estaban.

Muy cerquita de la mecedora, despilfarrado sobre el piso, el periódico del día anunciaba las noticias con fotos coloridas, pero los titulares y las historias no estaban por ninguna parte. Hojee el resto de páginas mientras comenzaba a pensar que me estaba volviendo loca, pero en cada una de ellas sólo habían fotografías, flotando en medio de páginas blancas que habían perdido su esencia. Las palabras habían desaparecido.

Incrédula y con el corazón latiendo impaciente, me apresuré a subir las escaleras hasta llegar al ático. Aunque en mi casa hay repisas con libros en cada esquina, yo quería rescatar los míos, hojearlos, y asegurarme que todo esto no era más que una broma de mal gusto. Al llegar arriba tomé el primer libro que reposaba sobre el gran baúl antiguo de madera: Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. Busqué apurada en la primera página esperando encontrarme “muchos años después frente al pelotón de fusilamiento…” al coronel Aureliano Buendía. Nada. Revisé las páginas siguientes y tampoco habían palabras. El libro estaba completamente en blanco. Repetí el mismo ritual con muchos libros más, encontrando, decepcionada, que la tipografía con tinta negra que daba vida a las historias había desaparecido.

Bajé las escaleras con rapidez, dejando una de por medio con tal de llegar más rápido a la primera planta de la casa. Abrí la puerta principal de golpe y salí a la calle. Me respiré una bocanada de aire fresco, me recogí el cabello con un lazo azul que guardaba en el bolsillo de la falda, y corrí a casa de doña Margara, la vecina.

Doña Margara era una mujer refunfuñona, regordeta y anticuada, de esas que han vivido tanto que parecen no sorprenderse con nada. Cuando me abrió la puerta llevaba unos tubos rosas metidos entre el cabello, vestía un camisón celeste floreado, y tenía puestas unas pantuflas que parecían quedarle pequeñas. “¿Ya vio el periódico esta mañana?”, le pregunté queriendo abrir la conversación con una pregunta que no fuera lo suficientemente estúpida. “Yo ya no leo el periódico desde hace 11 años”, me dijo cerrando la puerta de golpe. Volví a presionar el pequeño timbre al lado de su puerta, y me volvió a abrir de mala gana. Recogí uno de los muchos periódicos que se apilaban en su pórtico y se lo puse enfrente. “¿Pero es esto una broma de mal gusto?”, me dijo casi gritando. Aliviada al comprobar que no era la única que no veían las palabras, le agradecí con un gesto informal, me crucé la calle para volver a mi casa, tomé mi bicicleta azul y pedaleé en dirección a la biblioteca nacional.

Me faltaba una cuadra para llegar y ya se veía una conglomeración de gente en las calles: voces ofendidas, preocupadas, tristes… Me asomé para escuchar lo que todos decían. Un señor de corbata y sombrero azul exclamaba ultrajado: “Estaba a punto de leer quién había sido el asesino en una obra de Agatha Christie cuando las palabras comenzaron a desvanecerse una por una”. Un joven estudiante que llevaba la mochila sobre uno de sus hombros le contaba a otro igual de sorprendido: “Buscaba en internet las columnas de Rosa Montero en El País cuando las palabras desaparecieron y sólo quedaron imágenes e íconos en la pantalla del ordenador”. Un abogado que sudaba de los nervios, buscaba incesante en los periódicos de la biblioteca, esperanzado de que en alguno encontrara la bella silueta de las palabras que respaldarían su argumento en el próximo juicio. Doctores, poetas, soñadores, músicos, científicos, profesores, alumnos, niños, jóvenes, ancianos, blancos, amarillos, todos buscaban entre los libros algún indicio del lenguaje; dos puntos, una coma, una consonante, alguna vocal… Los esfuerzos eran todos inútiles.

El mundo se sumió en una penumbra manchada de blanco, en una página vacía, en una historia a medio contar. Los astutos que quisieron desafiar lo inexplicable se sentaban por largas horas a escribir con tinta indeleble en cuadernos, servilletas y computadoras, sólo para notar que las letras desaparecían casi de forma simultánea mientras se escribían.

Los enfermos se quedaron sin recetas, los periódicos sin periodistas, los estudiantes sin bibliografías, y los poetas sin inspiración. Mientras tanto yo intentaba memorizar con todas mis fuerzas estas líneas que nunca podría escribir. Las líneas que describen aquel martes de mayo cuando ocurrió la tragedia… 

* Nota: Para leerse a prisa, antes que las palabras desaparezcan.

Imagen tomada de: First Friday Wordsmith
Anuncios
Estándar

2 thoughts on “El día que las letras desaparecieron*

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s