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Santiago

Hay muchos tipos de luces en Santiago. Todas son como intermitentes melodías que se mueven al ritmo del viento, de los atardeceres, de las horas del reloj. Son sin duda rebeldes. No tienen ningún tipo de sincronía ni organización. Se apagan y se encienden a su gusto y gana, en el día y en la noche, en los atardeceres y en las madrugadas.

No hay dos iguales. Hay algunas parecidas. En horarios, en intensidad, en rutinas… Pero en realidad todas son profundamente diferentes. Todas las luces cuentan una historia. El brillo no es todos los días el mismo. Algunas se apagan lento, otras más rápido. Algunas brillan más intensamente, otras son más opacas…

Hay una hermosa paradoja sobre la luz y es que cuando está más oscuro, es más fácil percibir su brillo. Por eso disfruto despertar en medio de la noche y ver por la ventana. Desde este edificio en San Isidro, apenas a dos cuadras del metro Santa Lucía y desde el piso 21, la oscuridad de los anocheceres en realidad viene acompañada de más luz.

Es casi mágico. No hay distinción entre todas esas historias, que tarde en la noche, descansan bajo el mismo cielo.

Santiago se vuelve un manto de luz. Una ola acariciada por el viento que descansa en silencio ajena a los ruidos del día. Es así como quiero recordar esta ciudad: como un charquito de agua iluminada que descansa en medio de un inmenso mar.

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