Pensamientos al aire

José

Se me han ido apilando los temas de los que no he escrito, todos retazos de memorias que quisiera mantener intocables. En desorden, con todo y las impiedades del tiempo y el olvido, me propongo escribir ahora esta corta experiencia de vida. De música. De inspiración. Aunque no es una crónica detallada, sí es un intento desesperado por mantener intacto el significado de un recuerdo.

Me presentaron a José González hace 9 años. Nunca antes lo había visto pero lo escuchaba casi a diario. ¿Qué aprendí de él desde esa primera vez? Aprendí que la música es un bandera contra el olvido. Una esencia permanente. Un hilo conductor de recuerdos. José González se volvió un himno y un despertar. Un recordatorio permanente de la vida, de la amistad, de los detalles. Aunque la música siempre había sido parte importante en mi recorrido por la vida, José le agregó un valor adicional: le agregó significado. Su música un libro abierto, las palabras un diccionario.

Cuando por fin pude verlo en vivo hace apenas un mes, todo cobró un significado todavía más importante. Ir a un concierto de José González  no fue nada difícil. Fue algo más o menos así: el lugar, Café Mozart, en Austin. Mis dos mejores amigos y yo nos reunimos en Austin para hablar de nuestros planes de crecimiento como empresa. Nuestro propio retiro para agarrar nuevas fuerzas y trazar nuevos caminos. Después de descartar la posibilidad de verlo en ACL, Isa sugirió: “Vayamos a alguno de los conciertos de su tour. Sólo escojamos la ciudad”. Revisamos las ciudades más cercas de Austin en las fechas más cercanas, y después de algunos descartes lo decidimos: nos íbamos para Oklahoma. Unos días después emprendimos camino. Manejamos seis horas, sólo parando para disfrutar el aire de los molinos de viento a media carretera. Esos desaforados gigantes que se imponían presuntuosos en medio del pasto y las nubes.

Llegamos a la ciudad justo a tiempo. Era un nueve de Octubre. Sin saber, nuestro hotel quedaba enfrente del lugar donde José iba a tocar. No dividimos para registrar el cuarto y hacer la cola en el Performance Lab. Entramos. Nos escabullimos al frente del escenario, luchando por hacer pequeños espacios en medio de la gente desprevenida. En poco tiempo, estábamos hasta el frente. Había repetido ese trayecto en mi cabeza tantas veces, imaginando que sería mucho más complicado. Pero el lugar era pequeño, habíamos llegado a tiempo, y la emoción de ver a José por fin en vivo y a todo color pudo más que la timidez y la introversión.

No podía de la emoción. José no sólo significaba música. También significaba recuerdos. Significaba transiciones. Significaba la vida misma y las vueltas que da en nueve años. Pronto, una sombra apareció del extremo izquierdo del escenario. Esto por fin era real…

  • Crosses
  • What Will
  • Hand on your Heart
  • Every Age
  • Walking Lightly
  • The Forest
  • Let it carry you
  • Leaf Off
  • Killing for Love
  • Home (Barbarossa)
  • Teardrop
  • With the Ink of a Ghost
  • Heartbeats
  • Line of Fire
  • Deadweight on Velveteen
  • Down the Line

JG

 

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Pensamientos al aire

Los límites del destino

Lo supo desde siempre. Los planes que habían quedado escritos en sus viejos cuadernos de recuerdos se habían desvanecido con el tiempo. ¿Había sido el tiempo? O tal vez la cobardía. ¿La indecisión? Quién sabe. Del tiempo nunca había entendido demasiado, igual. O era una manta invisible que se cuela por entre la gente y las historias, casi imperceptible, más rápido que la velocidad de la luz. O era un invento misterioso. Una ficción necesaria para coordinar el desorden y la incertidumbre.

Volviendo a los planes. Eran tal vez cinco. Muy claros y escritos con una caligrafía impecable. Estaban numerados, uno bajo el otro, siguiendo un orden predispuesto según las fechas de caducidad. ¿Fechas de caducidad? ¿Desde cuando los planes tienen límite en el espacio? ¿Quién acuerda estas fechas, y números, horas y calendarios? De los límites nunca había entendido demasiado, igual. ¿Quién los determina, y con qué criterio? ¿Cuándo la vida se vuelve una carrera contrarreloj? ¿Qué limita nuestra condición humana; nuestra condición de soñar y alcanzar? ¿Qué límites, íntimos e internos, restringen nuestro potencial individual?

¿Y por qué planes, en primer lugar? ¿La vida debería estar circunscrita a un proyecto escrito en papel, a unas cuantas ilusiones claras, traslúcidas como la luz del sol? ¿Por qué no lo contrario? ¿Por qué no aventurarse a una vida que se escribe en la marcha, en capítulos dispersos que sólo se unen al final de la obra? Quién sabe. De la vida y el destino nunca había entendido demasiado, igual. De lo que ya está escrito y de lo que toca crear; de lo que es bueno re-escribir, y lo que es mejor olvidar… Quién sabe.

¿Y si no se trata de destino, ni de vida? ¿Y si no es sobre planes ni límites invisibles? ¿Y si acaso se trata de la más pura, rebelde y determinada voluntad, que se sincroniza con los segundos y se muda como el viento?

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Filosofía, Pensamientos al aire

Carta a Isaiah Berlin: Me educaron para ser invisible

Las cosas por aquí no han cambiado demasiado… Me atrevería a decir que conozco muy poco del mundo de allá afuera, así que me remito a contarte mis impresiones sobre la marcha de los asuntos en este pedacito del mundo. Pertenezco a un país olvidado que se fundamenta en apariencias. Aquí la crisis no sólo es una crisis de valores; es una crisis de identidad. Como la autenticidad y la esencia del ser muchas veces se relega a generalidades aceptadas, la simple acción de elegir es muchas veces un acto asistido del que huimos cuando podemos. Me incluyo en ese cuadro porque admito que alguna vez también fui así. Alguna vez preferí no dudar para acomodarme a la tranquilidad de un absoluto. Preferí creer que los valores eran hilos entrelazados de un todo sistémico. Preferí pensar que existía una sola verdad, para que entonces la búsqueda se hiciera menos extenuante y el camino menos impredecible. Lo que yo no sabía, era que no sólo me estaba convirtiendo en un ser amaestrado e incompetente, sino que además estaba automáticamente permitiendo que alguien más eligiera por mí.

Voy a ser honesta: fui educada para ser anulada. Mi educación escolar anulaba la curiosidad, el fracaso, la valentía y el riesgo. En el camino, estas construcciones cerradas que alguien me impuso alguna vez no sólo rechazaban la multiplicidad y el pluralismo, sino que me hacían creer que en la vida sólo había una respuesta correcta. Durante mucho tiempo, creí inútilmente en la convergencia de valores y en las verdades infinitas; y no por nadar en contra de las turbias aguas del relativismo, sino porque era la solución más cómoda. Elegir, y por lo tanto dejar al margen una opción potencialmente atractiva, me aterraba.

Por suerte, unos años antes de entrar a la Universidad me despojé de esas erróneas concepciones, sólo para toparme con que en estas mismas aulas y pasillos, la historia de muchos es más o menos la misma. Dudar no es un mecanismo automático y natural, sino una faena costosa y extenuante que deja a muchos sin el incentivo para hacerlo. No tengo evidencia empírica, pero de hecho es algo muy fácil de notar. Basta con sentarse en alguna de nuestras clases socráticas para darse cuenta que los alumnos dicen lo que los profesores quieren escuchar. Ellos mismos terminan creyéndose la mayoría de cosas que aquí se enseñan para ahorrarse la inminente tensión de no creer en un absoluto, de no dudar, de no pensar… Entonces creen en esa peligrosa noción de “una sola respuesta correcta”. Tal vez lo que más me preocupa es que rechazar el conflicto como un rasgo social relevante, y hasta cierto punto necesario, automáticamente cierra las puertas para la tolerancia. Y está pasando. La ausencia de esa tolerancia se ve pintada todos los días en las calles de mi país, en los pasillos de la Universidad, en los bares, en los cafés, en los parques, en las avenidas…

Nos educaron para ser invisibles. Para anular tensiones, para anular la belleza del cambio, para anular la pluralidad… Ante esto, se buscan equilibrios absolutos, en vez de equilibrios provisionales; fines últimos derivados de un sistema de principios, en vez de incompatibilidades desordenadas e imperfectas; respuestas absolutas y compatibles, en vez de elecciones que involucren sacrificios… Al ponerlo así, es evidente que el camino a tomar no es el más fácil; pero no podemos seguir negando la inherente tensión que se deriva de escoger para enconcharnos en nosotros mismos, ajenos a las contradicciones que muchas veces anteceden al progreso.

 Thomas Nagel comentó en Pluralism and Coherence:

“We may not actually have a consistent system of beliefs […] but if we find good reasons to believe two things that turn out to contradict one another, that gives us a task, which it may be impossible to carry out successfully, of looking for a solution which removes the inconsistency. We have either to modify or to abandon one or the other of the beliefs. We can perhaps deal with the problem by reinterpreting them relativistically or subjectively, but we’ve got to do something in order to allow a single world to be described by the total collection of our factual beliefs” (p. 108).

La frase de Nagel me recuerda mucho a otra de Mario Vargas Llosa, en la que se resalta la importancia de desagregar y poner a prueba, mientras se evalúan constantemente los fundamentos sobre los que vivimos nuestra vida:

“Si no hay una sola respuesta para nuestros problemas, nuestra obligación es vivir constantemente alertas, poniendo a prueba las ideas, leyes, valores que rigen nuestro mundo, confrontándolos unos con otros, ponderando el impacto que causan en nuestras vidas, y eligiendo unos y rechazando o modificando los demás” (Vargas Llosa, 2002)

Quizás buscar constantemente soluciones que ‘remuevan las inconsistencias’ en los valores contradictorios es una forma de avanzar en la aceptación de valores opuestos, y por consiguiente, de practicar mayor tolerancia. Después de todo, despojarse de las preconcepciones universales que buscan reproducir un modelo ideal de vida, es un pequeño paso en la lucha por evitar los conflictos y tragedias comunes de ésta y de todas las épocas.

Probablemente el verdadero progreso no sea más que una aplicación hasta cierto punto parcial de un contenido social generalizado. El problema, sin embargo, es seguir aferrándonos a un sistema cerrado y determinado que busca ofrecer una sola solución a los grandes y pequeños problemas de la humanidad. Y entonces de vuelta al contexto: mi país es un país quebrajado por una crisis de identidad, que bloquea todo la autenticidad necesaria para dudar y crecer. Así, el problema no sólo radica en la ignorancia de la inminente contradicción en ciertos valores, sino más fundamentalmente, en la pertenencia ideológica impuesta, por no ser capaces de elegir. Probablemente en sociedades más abiertas los individuos sean más propensos a pensar por sí mismos; pero me atrevería a decir que aún así, permanezco pesimista. Después de todo, si tus ideas se pusieran en práctica, viviríamos en un mundo más tolerante y abierto a las irregularidades y tensiones prácticas comunes.

 Tal vez mi única esperanza radica en mi experiencia personal. Yo fui de las que no dudaban, y viví una buena parte de mi vida cegada y acomodada en esa acogedora seguridad de no tener que elegir. Por suerte, comprendí que toda elección lleva adherido un sacrificio, y que el miedo irracional a equivocarme no puede ser motivo para relegar mis decisiones personales. Las veces que lo hice así, dejé perdida una parte de mi individualidad y unicidad en el camino. Es importante recobrar esos rasgos con completa autenticidad para fundamentar la existencia en una base genuina, que aunque inestable y cambiante, desafíe las temporalidades de un mundo en constante cambio…

 Así que si tengo que hablar sobre los avances morales y/o éticos, cerraría diciéndolo de una sencilla forma: la mayoría siguen siendo erizos, y muy pocos son zorras. Los valores se han quedado rezagados por seguir buscando una universalidad. Como consecuencia, la singularidad se ha quedado perdida en el camino y con ella, los valores.

Y de si existen contradicciones con algunos valores igual de importantes (ej: espontaneidad vrs. prudencia; libertad vrs. igualdad…), o de si la moralidad puede fundamentarse en un razonamiento claro e inambiguo… Bueno, eso ya lo dejaré para otro día…

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