Uncategorized

Santiago

Hay muchos tipos de luces en Santiago. Todas son como intermitentes melodías que se mueven al ritmo del viento, de los atardeceres, de las horas del reloj. Son sin duda rebeldes. No tienen ningún tipo de sincronía ni organización. Se apagan y se encienden a su gusto y gana, en el día y en la noche, en los atardeceres y en las madrugadas.

No hay dos iguales. Hay algunas parecidas. En horarios, en intensidad, en rutinas… Pero en realidad todas son profundamente diferentes. Todas las luces cuentan una historia. El brillo no es todos los días el mismo. Algunas se apagan lento, otras más rápido. Algunas brillan más intensamente, otras son más opacas…

Hay una hermosa paradoja sobre la luz y es que cuando está más oscuro, es más fácil percibir su brillo. Por eso disfruto despertar en medio de la noche y ver por la ventana. Desde este edificio en San Isidro, apenas a dos cuadras del metro Santa Lucía y desde el piso 21, la oscuridad de los anocheceres en realidad viene acompañada de más luz.

Es casi mágico. No hay distinción entre todas esas historias, que tarde en la noche, descansan bajo el mismo cielo.

Santiago se vuelve un manto de luz. Una ola acariciada por el viento que descansa en silencio ajena a los ruidos del día. Es así como quiero recordar esta ciudad: como un charquito de agua iluminada que descansa en medio de un inmenso mar.

Estándar
Uncategorized

6 ciudades en 3 semanas y el viaje sigue…


Despegue…

El 15 de junio llegó como un repartidor de periódicos: puntual, oportuno y esperado. La espera para el viaje había sido larga, pero se acortó en las últimas semanas entre los preparativos, pasajes e itinerarios. Tenía que acomodar mi equipaje de cinco meses en una maleta de 22” x 14”. Pero más que ropa y algunos libros, lo que seguro marcaría sobrepeso en esa maleta eran mis ilusiones y expectativas… Estaba dispuesta a pagar por esa multa: era inevitable no emocionarse ante algo diferente.

En mi primer vuelo conocí a Sylvia. Íbamos juntas en esos incómodos sillones de los aviones pequeños que hacen vuelos locales. No hablamos en la primera mitad del recorrido, pero luego Sylvia se animó a preguntarme algo en español. El resto del viaje fue un recorrido corto por la vida de una mujer a quien voy a admirar y recordar siempre. Aunque nació en México, Sylvia llevaba más de 20 años en Estados Unidos. Había trabajado en 3 estados diferentes, y finalmente se había establecido con su familia en Michigan. Trabajaba cortando arándonos en los campos, cuando el clima lo permitía.

Sylvia venía de México, de visitar a su padre enfermo. Me contó que estaba comenzando a perder la memoria, y que en los días que ella estuvo allá, el apenas la reconoció. No me imagino lo doloroso que debió ser para ella dejar a su papá para regresar y seguir trabajando para sostener a su familia. Irse sabiendo que aquella podía ser la última vez que lo vería. También me contó de sus hijos, y de cómo se aferraba a inspirarlos para que estudiaran y alcanzaran mucho más de lo que ella logró. Sylvia apenas me conocía. Yo había hablado muy poco de mí, pero ella me dijo que todo saldría bien, y que estaba segura de que hiciera lo que hiciera, lo iba a hacer bien. Me dijo que no tenía nada de qué preocuparme. No estoy segura por qué me lo dijo, pero ahora que lo recuerdo y lo escribo, me siento enormemente conmovida otra vez.  Y luego Sylvia terminó dándome la última lección de ese vuelo de 3 horas en un avión dónde no se pueden estirar las piernas: me enseñó lo que es la generosidad. Sacó $3 muy bien enrolladitos de su pequeña cartera, y me los entregó después de que habláramos de cómo no habíamos comido nada desde la madrugada que salimos de nuestras casas. “Al bajarte en Grand Rapids, busca un Burger King y compráte un menú de hamburguesa. Sólo cuestan 1.50 así que con esto te alcanzará para dos”. Me dijo el nombre del menú y me entregó los billetes. Yo le dije que no podía aceptarlos, pero Sylvia insistió. Se desprendió de lo poco que tenía, y se lo dio a una desconocida que recién había conocido en el avión…

Sylvia no tenía celular, ni estaba interesada en aprender a usar uno. Aún así le di mi teléfono, esperando que de alguna forma u otra, algún día yo le pueda devolver el favor.


Primera parada: Acton University

La primera parada fue Grand Rapids, una pequeña ciudad en Michigan. Acton University es un seminario que se celebra anualmente y que busca compaginar las buenas intenciones con principios económicos que defienden la libertad individual. No alcanzarían las palabras para describir la experiencia. No sólo fueron las charlas y el panel de expositores lo que me dejó impresionada; fue la gente. Fue ese ambiente perpetuo de paz y virtuosidad que se me caló por el cuerpo durante 4 días completos, renovándome con inspiración y fuerzas que no sabía que tenía. Y ese es el legado principal de esta experiencia tan corta, pero trascendental: las amistades, las conversaciones, las preguntas y el deseo común de entregarse, desprenderse, y trascender por algo más grande que nosotros mismos.

En Acton conocí las historias de una persona admirable, entregada completamente a Dios y envuelta por una fe inquebrantable que casi se podía tocar con las manos. Conocí de su recorrido, de sus sueños, de su llamado, de sus luchas, de sus dudas… Conocí lo que significa ser virtuoso en su más pura expresión. Conocí lo que significa ver a los demás y encontrarse con el rostro de Jesús. Conocí lo que significa ser humilde, desprendido y entregado. Conocer a una persona como esta fue como toparme con los dones del Espíritu Santo en su más concreta expresión de amor. Eran dones tan visibles, que era imposible estar rodeado de alguien así y no sentir que la vida ya te había cambiado un poco. La lección más memorable: qué tal si la vocación fuera algo que se descubre hasta el final del camino?

También conocí a una pareja de esposos, profundamente enamorados y comprometidos con servir a Dios. Aprendí que la vocación se descubre poco a poco, y sobre todo aprendí que no hay por qué tener miedo.

Aprendí de gente común, enfocada en cosas trascendentales. Aprendí de los reencuentros (Amanda), del compromiso de devolver tanto más de lo que se nos ha dado (Diana), de la disposición de descubrir nuestro llamado especial aunque sea difícil (Mariana), de las dificultades detrás de esas vocaciones (Davis), del capitalismo como una historia de amor (César), de la amistad y la experiencia de Dios (Daniel), de los retos impensables que se sobrellevan -y que te cambian- (Pablo)…

2015-06-19 13.26.35


Los que caminan rápido, pero se detienen

Llegamos a Chicago en la media noche, después de un viaje de 3 horas en bus.

Chicago es una ciudad pincelada de color, música y arte. También aquí me encontré con gestos pequeños que implicaban cosas grandes. Personas deteniéndose en las calles para ayudarme a encontrar direcciones en los mapas, cajeros del museo dándome una entrada de $30, gratis, personal del aeropuerto que ignora el sobrepeso de las maletas (…), desconocidos en el metro que se acercaban a ayudarme…

En Chicago entré por primera vez a un Museo de Arte. Plagado de impresionismo y post-impresionismo, de Monet, de Renoir, Cézzane, Toulousse-Latrec, Matisse, y otros, la ciudad fue un abrir de ojos para una de las dichas de la vida: la belleza misma.

Chicago, además, es una única combinación de sol y viento. De reflejos de luz en el agua, de gente por todas partes, de edificios que no alcanzan a verse completos sin girar el cuerpo…

20150620_134423 (1)

2015-06-20 10.30.59


El Niágara en bicicleta

Conocer las cataratas del Niágara fue una experiencia de pequeñez y de grandeza. De pequeñez, porque es imposible no sentirse insignificante frente a tanta majestuosidad. De grandeza, porque en medio de esa pequeñez, es muy fácil descubrir la magnitud y perfección de la creación de Dios. Supongo que no puedo describirlo de muchas formas más.

2015-06-21 20.06.20


Toronto en un día

Toronto no es muy diferente a Chicago. En sus propias formas y con sus propios sabores, también es una ciudad que irradia luz. Mi parte favorita: los callejones rodeados de flores multicolor y las bicicletas, sus silencios en medio del ruido.

2015-06-22 16.55.43


Montreal y su esplendor religioso

Montreal es para quedarse sin aliento. Como siempre, las personas en el camino fueron sorpresas decoradas con en sonrisas y amabilidad. Asif, quien nos atendió en el hotel, se volvió un muy buen amigo y se aseguró de que tuviéramos la mejor experiencia en Montreal. Las Iglesias son sorprendentes y la espiritualidad y devoción se perciben con el primer paso. Montreal también tiene mucho jazz, calles perdidas llenas de luces y música, gente amigable en las esquinas y en las paradas de bus…

2015-06-25 13.10.24



 


Broche de oro: Québec

Québec me enamoró completamente. El viejo Québec es como una ciudad europea con pequeños callejones por todas partes, calles amplias, carretas jaladas por caballos, cafecitos en las esquinas, pasadizos llenos de pinturas y artistas…

Además, fue aquí, en medio de una caminada sin rumbo explorando calles y avenidas, donde me topé con un concierto en vivo de Busty and the Bass. Y para describir esto no tengo palabras. Bastará con decir que la banda se volvió el soundtrack de mi viaje (especialmente con mi canción favorita: Tryna find myself). La combinación de instrumentos, sonidos, personas, bailes, y sentimientos se desplegaban con cada canción. Y los videos no le hacen ningún honor (ninguno), a escucharlos en vivo.

2015-06-27 18.11.16


Austin abrió con recuerdos

Después de tres vuelos, más de 12 horas, y 5 aeropuertos después, llegué a Austin para ver el atardecer. El primer fin de semana empezó con un recuerdo perpetuo, dos bandas y un concierto que me gocé. Dashboard Confessional y Third Eye Blind. El resto… el resto ya será historia. Porque el viaje apenas comienza aquí.

2015-07-03 20.54.56

Estándar
Uncategorized

[No] es cuestión de suerte

Han sido varios meses de aventuras y cambios. Hace un año no me habría imaginado que llegaría a ser parte de un equipo tan comprometido con una cultura de aprendizaje tan enraizada.  Me atrevería a decir que en los últimos 6 meses he aprendido más que en varios años de carrera. Siento que no hay un sólo día en el que no me esté retando a hacer algo nuevo.

Cuestionar las cosas continuamente y forzarme a hacer algo diferente (sabiendo que en el 99% de las veces eso implica equivocarme), han sido herramientas refrescantes para conocerme mejor y para encontrar, en medio de tanto ruido, instantes de paz y satisfacción personal.

Y lo cierto es que mis logros han sido muy pequeños. Estas luchas constantes por aprender y por aceptar los errores como parte de un prólogo al éxito, no han sido grandes batallas ni reconocidos triunfos. Han sido pasos pequeños, de esos casi imperceptibles… Pero lo cierto es que han sido pasos que se quedan. Que dejan huella. Que transforman algo en mí, que no existía antes.

Soy parte de un equipo de personas a quienes puedo llamar “amigos”. Y esas cosas no pasan muy seguido en la vida. Cada vez que veo atrás y recorro por partes este viaje, me sorprendo de la suerte que me ha tocado. Bueno, no suerte. Seguramente ha sido Dios, quien no deja de sorprenderme con todo y mis inconstancias y fallos.

Captura de pantalla 2015-05-18 a las 10.00.10

Nunca antes me había sentido tan entusiasmada con seguir aprendiendo. Con seguir leyendo. Con seguir practicando. Con seguir creciendo. Y nunca antes había reunido el valor para apropiarme de aventuras inciertas que no están escritas en ningún papel ni organizadas en ningún itinerario…

Qué suerte que la aventura apenas comienza…

Estándar