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Santiago

Hay muchos tipos de luces en Santiago. Todas son como intermitentes melodías que se mueven al ritmo del viento, de los atardeceres, de las horas del reloj. Son sin duda rebeldes. No tienen ningún tipo de sincronía ni organización. Se apagan y se encienden a su gusto y gana, en el día y en la noche, en los atardeceres y en las madrugadas.

No hay dos iguales. Hay algunas parecidas. En horarios, en intensidad, en rutinas… Pero en realidad todas son profundamente diferentes. Todas las luces cuentan una historia. El brillo no es todos los días el mismo. Algunas se apagan lento, otras más rápido. Algunas brillan más intensamente, otras son más opacas…

Hay una hermosa paradoja sobre la luz y es que cuando está más oscuro, es más fácil percibir su brillo. Por eso disfruto despertar en medio de la noche y ver por la ventana. Desde este edificio en San Isidro, apenas a dos cuadras del metro Santa Lucía y desde el piso 21, la oscuridad de los anocheceres en realidad viene acompañada de más luz.

Es casi mágico. No hay distinción entre todas esas historias, que tarde en la noche, descansan bajo el mismo cielo.

Santiago se vuelve un manto de luz. Una ola acariciada por el viento que descansa en silencio ajena a los ruidos del día. Es así como quiero recordar esta ciudad: como un charquito de agua iluminada que descansa en medio de un inmenso mar.

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El día que las letras desaparecieron*

Era un martes de mayo cuando las primeras letras desaparecieron. Yo leía en la mecedora del pórtico, ajena a la realidad que me rodeaba y absorta en las palabras de mi libro. Las palabras parecían cobrar vida en mi imaginación a medida que avanzaba de página. Corrían traviesas entre las líneas de los párrafos, brincoloteando ansiosas por salir al mundo. Y de pronto sucedió la tragedia.  Como gotas de lluvia que desvanecen todo a su paso, las palabras comenzaron a desaparecer una por una. Cerré mis ojos con fuerza y volví a abrirlos para comprobar que todo esto no era producto de mi creatividad infantil. Las letras del libro no estaban.

Muy cerquita de la mecedora, despilfarrado sobre el piso, el periódico del día anunciaba las noticias con fotos coloridas, pero los titulares y las historias no estaban por ninguna parte. Hojee el resto de páginas mientras comenzaba a pensar que me estaba volviendo loca, pero en cada una de ellas sólo habían fotografías, flotando en medio de páginas blancas que habían perdido su esencia. Las palabras habían desaparecido.

Incrédula y con el corazón latiendo impaciente, me apresuré a subir las escaleras hasta llegar al ático. Aunque en mi casa hay repisas con libros en cada esquina, yo quería rescatar los míos, hojearlos, y asegurarme que todo esto no era más que una broma de mal gusto. Al llegar arriba tomé el primer libro que reposaba sobre el gran baúl antiguo de madera: Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. Busqué apurada en la primera página esperando encontrarme “muchos años después frente al pelotón de fusilamiento…” al coronel Aureliano Buendía. Nada. Revisé las páginas siguientes y tampoco habían palabras. El libro estaba completamente en blanco. Repetí el mismo ritual con muchos libros más, encontrando, decepcionada, que la tipografía con tinta negra que daba vida a las historias había desaparecido.

Bajé las escaleras con rapidez, dejando una de por medio con tal de llegar más rápido a la primera planta de la casa. Abrí la puerta principal de golpe y salí a la calle. Me respiré una bocanada de aire fresco, me recogí el cabello con un lazo azul que guardaba en el bolsillo de la falda, y corrí a casa de doña Margara, la vecina.

Doña Margara era una mujer refunfuñona, regordeta y anticuada, de esas que han vivido tanto que parecen no sorprenderse con nada. Cuando me abrió la puerta llevaba unos tubos rosas metidos entre el cabello, vestía un camisón celeste floreado, y tenía puestas unas pantuflas que parecían quedarle pequeñas. “¿Ya vio el periódico esta mañana?”, le pregunté queriendo abrir la conversación con una pregunta que no fuera lo suficientemente estúpida. “Yo ya no leo el periódico desde hace 11 años”, me dijo cerrando la puerta de golpe. Volví a presionar el pequeño timbre al lado de su puerta, y me volvió a abrir de mala gana. Recogí uno de los muchos periódicos que se apilaban en su pórtico y se lo puse enfrente. “¿Pero es esto una broma de mal gusto?”, me dijo casi gritando. Aliviada al comprobar que no era la única que no veían las palabras, le agradecí con un gesto informal, me crucé la calle para volver a mi casa, tomé mi bicicleta azul y pedaleé en dirección a la biblioteca nacional.

Me faltaba una cuadra para llegar y ya se veía una conglomeración de gente en las calles: voces ofendidas, preocupadas, tristes… Me asomé para escuchar lo que todos decían. Un señor de corbata y sombrero azul exclamaba ultrajado: “Estaba a punto de leer quién había sido el asesino en una obra de Agatha Christie cuando las palabras comenzaron a desvanecerse una por una”. Un joven estudiante que llevaba la mochila sobre uno de sus hombros le contaba a otro igual de sorprendido: “Buscaba en internet las columnas de Rosa Montero en El País cuando las palabras desaparecieron y sólo quedaron imágenes e íconos en la pantalla del ordenador”. Un abogado que sudaba de los nervios, buscaba incesante en los periódicos de la biblioteca, esperanzado de que en alguno encontrara la bella silueta de las palabras que respaldarían su argumento en el próximo juicio. Doctores, poetas, soñadores, músicos, científicos, profesores, alumnos, niños, jóvenes, ancianos, blancos, amarillos, todos buscaban entre los libros algún indicio del lenguaje; dos puntos, una coma, una consonante, alguna vocal… Los esfuerzos eran todos inútiles.

El mundo se sumió en una penumbra manchada de blanco, en una página vacía, en una historia a medio contar. Los astutos que quisieron desafiar lo inexplicable se sentaban por largas horas a escribir con tinta indeleble en cuadernos, servilletas y computadoras, sólo para notar que las letras desaparecían casi de forma simultánea mientras se escribían.

Los enfermos se quedaron sin recetas, los periódicos sin periodistas, los estudiantes sin bibliografías, y los poetas sin inspiración. Mientras tanto yo intentaba memorizar con todas mis fuerzas estas líneas que nunca podría escribir. Las líneas que describen aquel martes de mayo cuando ocurrió la tragedia… 

* Nota: Para leerse a prisa, antes que las palabras desaparezcan.

Imagen tomada de: First Friday Wordsmith
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Pensamientos al aire

José

Se me han ido apilando los temas de los que no he escrito, todos retazos de memorias que quisiera mantener intocables. En desorden, con todo y las impiedades del tiempo y el olvido, me propongo escribir ahora esta corta experiencia de vida. De música. De inspiración. Aunque no es una crónica detallada, sí es un intento desesperado por mantener intacto el significado de un recuerdo.

Me presentaron a José González hace 9 años. Nunca antes lo había visto pero lo escuchaba casi a diario. ¿Qué aprendí de él desde esa primera vez? Aprendí que la música es un bandera contra el olvido. Una esencia permanente. Un hilo conductor de recuerdos. José González se volvió un himno y un despertar. Un recordatorio permanente de la vida, de la amistad, de los detalles. Aunque la música siempre había sido parte importante en mi recorrido por la vida, José le agregó un valor adicional: le agregó significado. Su música un libro abierto, las palabras un diccionario.

Cuando por fin pude verlo en vivo hace apenas un mes, todo cobró un significado todavía más importante. Ir a un concierto de José González  no fue nada difícil. Fue algo más o menos así: el lugar, Café Mozart, en Austin. Mis dos mejores amigos y yo nos reunimos en Austin para hablar de nuestros planes de crecimiento como empresa. Nuestro propio retiro para agarrar nuevas fuerzas y trazar nuevos caminos. Después de descartar la posibilidad de verlo en ACL, Isa sugirió: “Vayamos a alguno de los conciertos de su tour. Sólo escojamos la ciudad”. Revisamos las ciudades más cercas de Austin en las fechas más cercanas, y después de algunos descartes lo decidimos: nos íbamos para Oklahoma. Unos días después emprendimos camino. Manejamos seis horas, sólo parando para disfrutar el aire de los molinos de viento a media carretera. Esos desaforados gigantes que se imponían presuntuosos en medio del pasto y las nubes.

Llegamos a la ciudad justo a tiempo. Era un nueve de Octubre. Sin saber, nuestro hotel quedaba enfrente del lugar donde José iba a tocar. No dividimos para registrar el cuarto y hacer la cola en el Performance Lab. Entramos. Nos escabullimos al frente del escenario, luchando por hacer pequeños espacios en medio de la gente desprevenida. En poco tiempo, estábamos hasta el frente. Había repetido ese trayecto en mi cabeza tantas veces, imaginando que sería mucho más complicado. Pero el lugar era pequeño, habíamos llegado a tiempo, y la emoción de ver a José por fin en vivo y a todo color pudo más que la timidez y la introversión.

No podía de la emoción. José no sólo significaba música. También significaba recuerdos. Significaba transiciones. Significaba la vida misma y las vueltas que da en nueve años. Pronto, una sombra apareció del extremo izquierdo del escenario. Esto por fin era real…

  • Crosses
  • What Will
  • Hand on your Heart
  • Every Age
  • Walking Lightly
  • The Forest
  • Let it carry you
  • Leaf Off
  • Killing for Love
  • Home (Barbarossa)
  • Teardrop
  • With the Ink of a Ghost
  • Heartbeats
  • Line of Fire
  • Deadweight on Velveteen
  • Down the Line

JG

 

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